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Discurso del padrino de la promoción 2015 de la EUE Virgen de las Nieves

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Acto de Graduación de la II Promoción de Grado en Enfermería de la Escuela Universitaria de Enfermería Virgen de las Nieves

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DISCURSO DEL PADRINO

Juan Manuel Jerez Hernández

13 de junio de 2015

     Agradezco mucho, como es lógico, que se haya fijado en mí el colectivo de la última promoción de esta Escuela, para nombrarme padrino. Una promoción que ha sido muy especial para mí por haber existido gran empatía. Quiero agradecéoslo primero, porque el nombramiento de Padrino, para un profesor es el honor más importante que los estudiantes puedan concederle y una gran satisfacción el que se reconozca una labor docente, una entrega, una dedicación, que se hace porque es nuestra obligación y , al menos en mi caso, una devoción.

     Pero también quiero agradecerlo porque al permitirme tomar parte activa en este acto cuando ya me había retirado de la actividad profesional, me habéis dado la ocasión de despedirme públicamente de mi vida laboral en un acto en el que los protagonistas son quienes  más aprecio: mis alumnos. Y permitidme que en vosotros identifique también a los más de 1600 que he conocido y he tenido la ocasión en estas aulas, y fuera de ellas, de ayudarles a aprender una de las profesiones más hermosas que existen.

     He intentado estar lo más cerca posible de vosotros. Os hecho hacer cosas raras como coser una mano de cerdo, poneros unas ropas que os hacían sudar mucho, mirar a través de unos aparatos parecidos a unas gafas de bucear, pero que no sirven para bucear. Ello permitió que cuando vino el susto del Ébola, los únicos de Granada que sabían vestirse y desvestirse para tratar a ese tipo de enfermos erais vosotros, pero como no teníais título, no os llamaron para trabajar en ello.

     No puedo dejar de referirme a los 33 años que estuve practicando una enseñanza casi personalizada, sin escatimar recursos y empleando energías, tiempo, salud, estudio, no solo en dar clases sino también en buscar donde llevaros o, qué nuevo enseñaros para procurar la mejor manera de ayudaros a aprender y a amar una profesión maravillosa. Si lo logré me siento satisfecho, si, además, he contado con vuestro aprecio, me siento feliz.        

     Habéis elegido una bonita profesión, pero nadie dijo que alcanzarla fuera fácil. Hoy lo habéis logrado. Justo es que os paréis a disfrutar del éxito conseguido, de la amistad de vuestros compañeros, del cariño de vuestros profesores y del apoyo de vuestra familia; pero cuando se acabe la fiesta que hoy estamos celebrando con tanta alegría, os  vais a encontrar con un reto más, que durará toda la vida. Una vida llena metas a alcanzar y retos por conseguir.

     Desgraciadamente, os va a resultar difícil abriros camino en una profesión envidiada fuera de nuestras fronteras y poco considerada dentro de ellas. En nuestro país, cuyos mandatarios presumen, probablemente con razón, de tener uno de los mejores sistemas sanitarios públicos del mundo, faltan más de cien mil enfermeros para alcanzar la media europea. O sea, que uno de los mejores sistemas sanitario público del mundo, está en un país situado a la cola de Europa en número de enfermeros por habitantes, y, paradójicamente, se os empuja a buscar trabajo en otros países, arrojándoos al subempleo, a la explotación y a la separación familiar.

      Y es que en este país, a los jóvenes de hoy os han tapiado las vistas al futuro.

     Pero vosotros, que estáis celebrando haber cumplido una meta de las más importantes de vuestra vida, lo habéis conseguido luchando por vuestros sueños y, cuando se es soñador y se es luchador se es también capaz de derribar todos los muros. Vosotros lo vais a hacer. Encontraréis muchas dificultades, como Don Quijote encontró fieros gigantes que luego resultaron molinos de viento. Vosotros sois los gigantes. Incruentos como Don Quijote, pragmáticos como Sancho, numantinamente resistentes, pacíficamente revolucionarios, con voluntad, fortaleza, sensatez y honestidad, vais a entrar por la puerta grande de la profesión de vuestros sueños y vais a ser los motores del cambio que todos necesitamos y anhelamos.

     Muy pronto vais a estar en la primera línea del cuidado de los pacien­tes, aquí o en el extranjero, donde daréis lecciones de profesionalidad. Vais a ser motores de promoción y prevención en salud, docentes cercanos, presentes en el campo de la gestión y de la investigación. Estáis preparados y lo vais a hacer bien, sin olvidar que el respeto a la dignidad de las personas, a su libertad, a sus creencias y a sus valores han de estar siempre presentes. Y le vais a dar más importancia al trato, al tacto, a la sonrisa y a la caricia. Los pacientes os lo agradecerán siempre, aunque muchas veces no os lo digan con palabras.

     Luchad por vuestros derechos, pero después de haber cumplido todos y cada uno de vuestros deberes y no perdáis nunca la ilusión, la dignidad y las ganas de aprender. Pero, por favor, no aprendáis a ser indiferentes ante el sufrimiento, insensibles ante el dolor, tolerantes con la intolerancia y comprensibles con la injusticia.

     Muchísimas felicidades y un fuerte abrazo.

FILOMENA LA PILINDRA

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FILOMENA LA PILINDRA

Juan Manuel Jerez Hernández

¡Don Fernando, don Fernando! — gritaba Filomena mirando hacia el balcón desde el centro de la calle con los ojos arrugados por la reverberación del sol en las blanquísimas paredes. Era una mujer madura, aunque aún joven, pero envejecida por el clima, las penas y el descuido. De complexión recia, seca de carnes, morena de cara, pelo entre negro y cano, semioculto siempre con un pañuelo negro descolorido, ojos humildes y mirada vaga; de poco hablar y menos reír, andar lento, y aire melancólico. Le apodaban “la Pilindra”, sin que nadie supiera porqué. Sin oficio conocido y como únicas propiedades, un pequeño bancal y dos gallinas, insuficientes para vivir, aún de la forma más modesta.

Aunque conocía a todo el mundo y todo el mundo la conocía a ella, andaba siempre sola. La trataban con cautela y la saludaban con prudencia. Los niños la veían con miedo y algunos le imputaban hechos de brujería. En la tienda, las escasas veces que iba, se la despachaba pronto.

P1020455En el lavadero, donde todas las mujeres se juntaban a repasar la vida del pueblo, hablando de los ausentes junto a la corriente de agua blanquecina con olor a jabón casero, ella se colocaba discretamente aparte, con la mirada baja, en silencio y acababa pronto, mientras las demás prolongaban la sesión con historias de encantamientos, aparecidos, almas en pena, duendes, maldiciones y mal de ojo; comentaban noticias de presos políticos y las últimas escaramuzas de los huidos de la sierra y prescribían los más variopintos remedios para los males más comunes en la zona, que no eran pocos. Incluso en Misa, a la que iban todos los habitantes del pueblo, unos por devoción y otros para no ser tachados de rojos, ella  se ponía discretamente apartada de la vista de todos.

 Un hombre joven asomó tras el cristal, abrió el otro postigo e hizo una señal a la mujer, que aguardaba en la calle con la vista fija en el balcón. Ella empujó una puerta de madera recia, atravesó un pequeño zaguán, oscuro y fresco y subió las escaleras de madera y yeso ennegrecido por el uso, pero escrupulosamente limpio, diciendo en voz alta y con respiración jadeante:

  Don Fernando, ¿está su familia?

 Han ido al pueblo grande a comprarle alguna ropa al niño— contestó el hombre desde arriba.

Acabó de subir con decisión, llegó a una estancia de blanquísimas paredes de cal y azulete, apenas decoradas con algunos cuadros, punteados de cagaditas de moscas, con la patrona de la comarca y el patrón del pueblo. Al fondo, la chimenea, hecha de obra, tan blanqueada que sus paredes abultaban toscamente por las sucesivas capas de cal; en el caramanchón había platos, un pequeño jarrón con flores, dos candiles de latón empercudido y una caja de cerillas. VENTANA CON UN CRISTALEnfrente estaba el balcón, de largas puertas que llegaban casi hasta el techo, con dos postigos, uno con cristal y otro sin él. Junto a las paredes laterales, varias sillas de madera y asiento de anea. En el centro, una mesa redonda cubierta por un hule con el mapa de España dibujado, y en un rincón, una vitrina con frascos de cristal de color caramelo con tintura de yodo, alcohol, agua oxigenada, permanganato… un ebullidor eléctrico, paquetes de algodón rodeado de papel azul, vendas, estuches con jeringas de cristal de varios tamaños, cajas de agujas con el cono dorado, una lámpara de alcohol, pinzas, tijeras termómetros, sondas,  pera de Richardson, escarificador, lancetas, ventosas de cristal… y algunos libros. La mujer se levantó la falda de forma mecánica, casi ritual, y recibió la inyección diaria de aquel balsámico que le suavizaba el asma. Fernando, sin perder la vista de la jeringa, le dijo con voz rutinaria:

   Filomena ¿Cuántas veces le he dicho que no hace falta que me llame a voces desde la calle cada vez que venga? Usted puede venir a esta casa siempre que quiera, como toda la gente de este pueblo, y basta con llamar a la puerta, sin más avisos ni más precauciones.

   ¡Ay, don Fernando! Que yo aprecio mucho a osté y a su familia y no quiero que haiga ningún problema.

   No tiene porque haberlo. —replicó Fernando—

   No diga osté eso, que to el mundo sabe que además del asma, la reuma y toas esas peromias, Dios ma mandao esa penica… ¡Qué habré hecho!

— Usted no ha hecho nada, porque a usted no le pasa nada. Eso son supersticiones. Habladurías de gente ignorante.TÍTULO PAPÁ.bmp

Fernando no había cumplido los treinta años. De ojos serenos, pelo negro y bien peinado hacia atrás, estatura mediana, ropas discretamente elegantes y la circunspección e importancia social que su oficio le imprimía en aquella aldea alpujarreña, alejada de todo, donde llevaba un año ejerciendo de practicante. Había llegado de una capital cercana poco después de la guerra civil para establecerse en aquella tierra pobre de campesinos ralos, humildes y asustados, en cuya precariedad sanitaria veía un buen campo para desarrollar ampliamente su labor profesional. El nombramiento de Practicante Titular por parte del Estado y las igualas que muchos de aquellos campesinos, a falta de dinero, pagaban en especie, le permitían vivir con holgura, disponiendo siempre de alimentos de primera necesidad, sin las carestías y el racionamiento de la capital, empobrecida por la guerra reciente. No le faltaban carne, huevos, leche, frutas y verduras, ni el cariño respetuoso de aquellas gentes humildes, nobles e ignorantes, cuyo aislamiento, como casi todo el medio rural de los años cuarenta, las aferraban a sus costumbres más ancestrales, a sus creencias seculares en las que religión, tradición  y superstición se daban la mano.

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Alquiló una casa, de lo mejorcico que había en el pueblo, sin cuadra, ni corral ni cámaras, que a él no le hacían faltan y le garantizaba más higiene que en la otras, donde la convivencia entre personas, animales y aperos era más estrecha de lo conveniente. Vivía con su esposa y un hijo de meses, rubio, blanco y regordete, de aspecto saludable y olor a Heno de Pravia y a colonia barata, en vez de a orines y leche agria como la mayoría de los niños del pueblo.

 Al día siguiente volvió Filomena con el mismo ritual de las llamadas desde la calle y la vista fija el balcón. Entró en la estancia. El practicante hervía la jeringa en su estuche metálico sobre la mesa y un poco más allá, en suelo, el niño jugaba con un camioncito de madera, pintado de colores vivos. Ella palideció y volvió la cara hacia el balcón, permaneciendo así hasta que salió de la casa. Y al día siguiente, igual, y al otro también… Siempre el mismo rito: entraba sin mirar de frente, ni a Fernando ni a su hijo, le entregaba la ampolla del balsámico con la mirada en otro sitio y se volvía hacia el balcón, mientras el practicante cargaba la jeringa de cristal y le inyectaba el medicamento. Luego se arreglaba un poco la ropa, enfilaba la escalera y se iba a toda prisa sin volver la vista atrás.

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Un día, Fernando, asiéndola del brazo, le interrumpió la carrera y dijo con energía:

   ¡Filomena míreme!, ¿Que estupideces son esas?

    ¡Ay, Don Fernando! Quite osté el niño de ahí, por favor.

   No diga tonterías.

   No son tonterías, don Fernando. Que todo el mundo lo sabe en el pueblo.

      La gente no sabe nada. No se fíe usted de esas habladurías que lo único que sirven es para hacer daño.

 Que sí, que muchos niños san puesto malicos y mu encanijaos. Y ese niño suyo, tan sano, tan lindo, tan espelotaico… En el pueblo ya se habla…

    ¡En el pueblo no se dicen más que disparates! Los niños se ponen malos porque están sucios y mal alimentados, no tienen casas en condiciones, pasan frío y viven mezclados con los animales —se volvió despacio, se agachó y tomó en brazos a su hijo que, como siempre, jugueteaba en el suelo ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor— Filomena, mire usted al niño.

   Ay, Don Fernando, no tiente al diablo.

 ¡Mírelo! Acarícielo, como hace todo el mundo.

    ¡No, por Dios! Que yo le aprecio mucho a osté y a Doña Carmen… y a éste niño tan bonico.

 Hágame usted el favor de tomar al niño.

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La mujer volvió la cabeza, miró al cuadro de la Virgen y tomó al niño con lágrimas en los ojos. Temblaba, pero en el fondo le hacía ilusión: era la primera vez que tenía un niño en sus brazos.

 Salga usted a la calle.

 ¡Pero Don Fernando! ¿Qué van a decir en el pueblo?

 Que digan lo que quieran. O mejor aún,  que dejen ya de decir sandeces. Salga y paséese con el niño en brazos por todo el pueblo. Que la vea todo el mundo.

   ¡Ay, por Dios!

La mujer bajó la escalera despacio, como si temiera caerse. Salió a la calle. Entornando los ojos ante el sol canicular, miró hacia todos los lados y enseguida clavó la vista en las piedras del suelo. Recorrió aquella calle, una de las principales del pueblo, llana, transversal y menos estrecha que las demás. Llegó a la plaza; un grupo de niños que jugaban con gran escándalo, le abrieron paso guardando silencio; un corro de mujeres, con cántaros apoyados en las caderas, calló de  pronto, clavando en ella sus pupilas como alfileres, y en la taberna, una casa que solo se distinguía de las demás por algunos anuncios descoloridos de refrescos, los hombres se asomaban abriendo con cautela las cortinillas de tiras de chapas de cerveza suspendidas de cuerdas, o agolpándose en silencio tras las rejas de la ventana.

Y seguía su periplo con la cabeza baja, sin mirar a ningún sitio y agarrada al niño como el náufrago a la tabla. Enfiló calles más estrechas, algunas sin empedrar, de casas pequeñas, blancas, con las ventanas floridas de geranios y albahaca, aleros de pizarra y olor a ganado. Pasó frente a la tienda donde se vende de todo: sombreros de paja, carne de membrillo, abonos, bacalao, alpargatas, caramelos, aperos de labranza, sellos de correos, hilo de coser, tabaco… salían miradas inquisitivas. Dobló otra calle, cada vez más cuesta arriba, el talabartero, rellenando de paja un aparejo de mulo, la miró con ojos de sorpresa, y el panadero desde un ventanuco junto al horno y la modista desde el balcón y el arriero que volvía del campo…

No se oía en el pueblo más que el canto monocorde de las cigarras, brotando como una sorda protesta, y el chorro perenne de la fuente. Los cuchicheos tras los balcones eran tan silenciosos como contundentes. Incluso a quien no la veía, le llegaba el rumor que corría como un reguero de pólvora: «la Pilindra está paseando al niño del practicante» y la inevitable sentencia: «a Don Fernando se le ha ido la cabeza».

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Llegó a la placeta de la iglesia, en lo más alto del pueblo, con evidente fatiga, el asma y los nervios le mermaban las fuerzas y aumentaban el jadeo. Se sentó en uno de los poyetes que flanquean la puerta, contempló los tejados grises de launa, que vistos desde arriba se alineaban como fichas de dominó, y emprendió el ansiado regreso calles abajo con toda la celeridad que permitían sus piernas doloridas. Llegó a casa del practicante y dejó al niño sobre la cuna con mucho amor, pero como quien se desembaraza de una pesada carga.

   ¿Qué? ¿Ha pasado algo? —inquirió Fernando con una sonrisa tranquila.

   No.

   ¿Ve usted?

   Si… yo veré… Ya veremos…

Y emprendió rápidamente el camino de su casa de la que no salió en bastante tiempo.

A partir de ese día, la gente frecuentaba la casa del practicante más de lo habitual: unos iban a ponerse inyecciones, otros a curarse heridas de las que hasta entonces no se había ocupado, otros a realizar alguna consulta de tipo sanitario, a llevarle frutos de la última cosecha: una talega de almendras, una cesta de higos secos… o por cualquier otro motivo. Todos escrutaban con los ojos cada rincón hasta localizar al niño y lo examinaban con disimulo. Y en la calle, lo mismo; todas miradas convergían en el niño. Se acercaban a saludar a la madre o al padre, le hacían caricias al retoño sin dejar de recorrer todo su cuerpecito con las pupilas afiladas. Seguía siendo un niño rollizo, fuerte, limpio, de aspecto saludable y olor a Heno de Pravia y a colonia barata.

Filomena fue dejando su encierro voluntario, de forma paulatina. Primero fue a la fuente: nadie se apartó cuando llenaba el cántaro. Luego, a la tienda donde la atendieron con una normalidad poco habitual. Los niños por la calle la miraban si miedo y ella se atrevió a acariciar a alguno. En el lavadero, fue integrándose poco a poco a las conversaciones habituales de historias de encantamientos, aparecidos, almas en pena… Volvió a ir a en Misa y se incorporó a la hilera de bancos destinada a las mujeres. Comenzó a frecuentar la calle, tranquila, despreocupada, sin bajar los ojos hacia el empedrado del suelo. Se acercaba a los jardines, olía las flores, bebía agua de la fuente y se paraba en las puertas con las mujeres.

En el pueblo ya nadie creía que Filomena la Pilindra echaba el mal de ojo.

 

AUXILIO A LA REBELIÓN

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Certamen de Relatos Breves “San Juan de Dios”

Escuela Universitaria de Enfermería y Fisioterapia San Juan de Dios.- Madrid

2º PREMIO.- Diciembre 2001

PISTOLA LUGER

Auxilio a la rebelión

Juan Manuel Jerez Hernández

Octubre, 2001

Inspirado en hechos reales

Usted está acusado de auxilio a la rebelión—, afirmó con gestos rutinarios aquel hombre de mediana estatura con traje gris marengo y gafas de culo de vaso que decía ser juez instructor. — ¿Auxilio a la rebelión? Pero si no he intervenido en nada. Yo sólo me he dedicado a ejercer honestamente mi profesión, sin participar en política, ni en un bando ni en otro. Debe haber una confusión —contestó tembloroso Manuel, al otro lado de la mesa de aquel sobrio despacho al que había sido llevado por dos hombres de uniforme; al lado, otra mesa pequeña con una máquina de escribir, manejada con cierta torpeza por un hombre joven de camisa azul bajo la chaqueta de color gris perla y gafas oscuras a pesar de la poca claridad de la habitación. — Usted ha ayudado a los rojos— argumentó en tono enérgico. — Mi profesión es atender a las personas sean quienes sean. — Pero los rojos no son personas, ¡son criminales…! —añadió con voz más fuerte el de la camisa azul. — Antonio, ¿por qué no va a ver si ha llegado más documentación sobre este hombre? —ordenó con amabilidad el juez, mientras dirigía su mirada de nuevo a Manuel, que permanecía sentado sin moverse de la silla de madera al otro lado de la mesa — No existe acusación oficial contra usted, aún. Solo un informe de la Guardia Civil, vamos a esperar algunos días a ver si se formula alguna denuncia y llegan más datos. — ¿Y eso cuándo será?, porque llevo preso más de un mes sin saber por qué ni qué me va a pasar. En el pueblo tengo familia y un trabajo que no pueden estar abandonados. — Tenga usted paciencia. Hay muchos sumarios pendientes desde el fin de la guerra y los que surgen nuevos… Yo sé que es penoso estar detenido, pero no crea que el tiempo le perjudica; al contrario, cuando más lejos quedan los hechos, se ven las cosas con más calma y los consejos de guerra son más objetivos. — Consejo de guerra, pero si yo no soy militar… — Ha colaborado con los que combaten al Estado. Me temo que tendrá usted que enfrentarse a un consejo. Al fin y al cabo son juicios como los demás, solo qué dirigidos por militares, pero con preparación jurídica. Si es inocente no tiene nada que temer. El semblante de Manuel adquirió un tono pálido y sombrío, triste. Entraron los dos hombres uniformados y lo llevaron a la misma celda en que había sido encerrado, sin darle explicaciones, hacía más de un mes. La prisión estaba llena, a pesar de que en los casi cuatro años pasados desde que acabó la guerra civil, habían sido ejecutados muchos republicanos. Aunque ya no existía el hacinamiento de los primeros tiempos, la galería seguía hediendo a una mezcla de olores: a suciedad, a desagüe, a respiración, a tabaco… Los presos temblaban cada vez que sonaban los crujidos de las botas altas, sobre todo de madrugada; entonces se producía un silencio atronador hasta que alguna voz cuartelera, con tono aguardentoso, lo rompía pronunciando a gritos el nombre de algún preso para sacarlo de la celda. Pocos regresaban. En algunas madrugadas silenciosas podían oírse, lejanos como un sueño horrendo, las descargas de los Máuser.

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Manuel Hernández, procedente de una cercana capital de provincia, había llegado a final de 1935 a aquella localidad alpujarreña para ejercer su profesión de practicante. Era un pueblo pequeño, como un golpe blanco sobre la sierra, literalmente agarrado a la ladera, entre el verdor de las huertas que descienden en terraza la montaña y rematado en su parte superior por almendros, encinas y piornos. Allí, pasó los difíciles años de la guerra civil, sin intervenir en ella, lo cual no era difícil por la ausencia de combates en la zona. Luego, finalizada la contienda, vinieron denuncias, persecuciones, sospechas… que dejaron entre aquellas gentes sencillas una amarga sensación de inseguridad, incertidumbre y miedo reprimido.
Amenazadores jirones de nublos negros salpicaban la uniformidad plomiza del cielo, en aquella mañana en la que, como casi a diario, Manuel volvía de inyectarle un balsámico al cortijero de la finca del «Guindo», por una vereda en cuyos flancos serpenteaban zarzas secas entre la broza medio podrida, y sin más compañía que su maletín de cuero, con jeringas de cristal y agujas de varios tamaños, en sendos estuches de metal oscurecido por la acción del calor, y algún material de cura.
— ¡Alto!, No te muevas—proclamó una voz enérgica y temblorosa que salía de entre los troncos desnudos de una alameda, acompañada del crepitar de las hojas muertas que tapizaban el suelo.
— ¿Qué pasa? — inquirió Manuel, mirando hacía el lugar de donde procedía la advertencia. Un hombre de tez bronceada, sin afeitar, y ropas grisáceas por la escasez de lavado, le apuntaba con una Luger, negra y desgastada, mientras ordenaba con trémula bravura:
— D. Manuel, venga conmigo y no diga nada. No quiero hacerle daño, pero tiene que venir.
— ¿Adónde? ¿Por qué?
— ¡Calle y ande!, ya le he dicho que no le va a pasar nada si colabora. No tenemos nada contra usted.
— Si no tienen nada contra mí, déjenme en paz. No tengo dinero ni responsabilidades políticas. Todo el mundo lo sabe. ¿Qué quieren? Además, hago falta en el pueblo: los enfermos me necesitan. Déjeme que me vaya y no diré nada a nadie.
— Lo siento, los del pueblo pueden esperar. Volverá si se porta bien y nos ayuda. Por favor, no haga más comentarios y eche a andar antes de que pierda la paciencia.
MAQUIS-DE-LA-EPOCA-DE-ELADIO-GENTEManuel volvió a emprender la marcha con paso lento, en el mismo sentido que iba, esparciendo, al rozarlos con los pies, el aroma de los mastranzos, señal inequívoca de la cercanía de algún chorro de agua, y seguido a muy corta distancia del desconocido, que no dejaba de acariciar la culata de su arma mientras, sin perder de vista al prisionero, reconocía con los ojos todo el campo incluido en su amplia mirada: bancales que parecían sujetarse entre sí para no caer al vacío, peñas y tajos mostrando toda su aspereza, y una hilera de espesura, con robles, encinas y quejigos sin hojas, por entre los que se escapaba el ruido del agua, monótono como un canto fúnebre.

— Tire por ahí, —exclamó al cabo de unos cinco minutos de marcha— Supongo que sabe donde está el cortijo de «los Carrizales». Pues allí vamos, y conviene que lleguemos pronto.
El practicante apretó el paso al tomar la vereda de la izquierda, un camino algo más estrecho que el anterior, que bajaba caracoleando por la pendiente. Se oía el ladrido lejano de algunos perros y el aire traía el sonido tenue de las campanas del pueblo: doblaban a intervalos de once campanadas, señal de que el finado era varón.
Al fondo de una pequeña llanura, a media ladera escalonada de paratas, blanqueaba detrás de dos higueras desnudas, una pequeña edificación de techo plano, grisáceo y aleros de pizarra. Andrés, un hombre tosco, con barba de varios días y rostro medroso, al que era casi imposible arrancar una sonrisa, golpeaba, despacio, manojos de esparto con una maza de madera sobre el poyete adosado en la pared junto a la puerta.
— Buenos días —exclamó el recién llegado con voz inactiva.
— Buenos días, D. Manuel. Usted también… Aquí vamos a acabar tos liaos.
— ¿Y María? ¿Cómo está?
— Está bien dispués de to. Ahora ha ido por agua al nacimiento y yo estoy majando el esparto pa vez si hago un ramal, porque como no podemos salir del cortijo los dos a la vez…
— ¿Por qué?
Por toda respuesta, el cortijero dirigió sus ojos hacia el de la pistola con una leve torsión de cabeza y elevando la barbilla.
— Basta ya de cháchara, y vamos a lo que hemos venío —dijo bruscamente el del arma, conduciendo al detenido hacia el cortijo. Introdujo con decisión la mano izquierda por la apertura de la parte superior de la puerta, retirando la tranca que fijaba la inferior, hasta abrirla por completo y entraron los dos en la habitación principal de la casa.
Subieron una estrecha escalera de cal y yeso, accediendo a las cámaras. Era la única dependencia del piso superior, diáfana y con menor altura que la inferior. En un lateral, varios tabiques finos, inclinados, de no más de un metro de altos, delimitaban sendos espacios con trigo, cebada y maíz. Aparte, algunos capachos de esparto, vacíos y apilados. Una estera cubierta de higos secos, otra, de menor tamaño, con tomates, también secos. En un rincón, un arado, varias horcas y otros aperos viejos por el uso, pero limpios. Algunas calabazas amarillas, cuerdas, tiras de pleita y un par de candiles apagados, completaban el paisaje de aquella habitación, apenas iluminada por dos ventanucos, muy separados entre sí, que dejaban pasar una luz triste, más por las grietas de sus maderas desencajadas, que por el espacio de las aberturas.
Bajo uno de ellos, recostado sobre un jergón y con el dorso apoyado en el tabiquillo de una troje, estaba «el Rucio», un hombre alto, de ojos grises, como descoloridos a pesar de la humedad triste que los hacía brillar. Tenía el brazo derecho adosado al tórax y con la mano contraria,se sujetaba el antebrazo de forma automática, sin fuerza. En la camisa, que alguna vez fue blanca, destacaba una mancha de color rojo oscuro, casi negro, rodeando a un pequeño agujero ovalado a la altura del codo.
— Tié usted que curar a éste —ordenó el de la pistola.
— ¿Qué le pasa?
— El codo.

HERIDA BALAManuel retiró con cuidado la camisa del herido dejando al descubierto un orificio de aproximadamente e un centímetro de diámetro, rojo oscuro en su interior, con algún exudado y los bordes ennegrecidos. Palpó con suavidad la zona y el enfermo se estremeció.
— A quemarropa… ¿Qué ha sido? ¿Con la Guardia Civil?
— ¡Que va!. Los que nacimos pobres, moriremos desgraciados. Tuvimos que salir huyendo de nuestros pueblos pa que no nos mataran, y vivimos en el monte como animales, asustados, perseguidos y abandonados y to nos tiene que salir mal. El otro día fui a hacer mis necesidades, en el campo como siempre, ¡si no tenemos casa!; y al quitarme la pistola del cinturón para dársela a mi compañero, se disparó de casualidad y así me ha dejado. ¡Por favor! Cúreme usted a ver si me repongo y puedo irme de aquí para poder vivir en paz.
— Hay un problema; la bala se ha incrustado en el codo y no la puedo sacar con las pinzas. Hay que operar. Tiene usted que ir a un hospital o, por lo menos, al consultorio de un médico que pueda sacarle la bala.
— ¿Y, donde voy a ir que no me maten?
— No sé, a ver si logra llegar a Granada, allí no lo conocen y podrán atenderlo en el hospital de San Juan de Dios. O, si hay suerte y no se infecta, puede intentar salir del país. Yo, lo único que puedo hacer ahora es curarle la herida lo mejor posible.
El cortijero subió un lebrillo pequeño, de barro vidriado, con agua caliente y un gran trozo de jabón muy tosco, de fabricación casera. El practicante lavó la herida a conciencia, retiró con las pinzas algunas zonas de piel muerta, la desinfectó con tintura de yodo que llevaba en un frasco de cristal color caramelo y la cubrió con un par de gasas sujetas con vendas. Con un viejo pañuelo de la cabeza, que le facilitó la cortijera, le colocó un cabestrillo para que el descanso del antebrazo aliviase el dolor del codo.
El «Rucio» exhaló un suspiro de alivio, y dio las gracias a Manuel. Éste, lo saludó con un apretón de manos, mirada cálida y una amable sonrisa.
El de la pistola acompañó al practicante hasta la vereda.
— Yo he hecho todo lo que he podido, ahora tenéis que buscar la solución por otro lado sin comprometerme más. Que tengáis suerte.
— Tú ahora no te vayas a ir de la lengua, que nosotros nos enteramos de to y un chivatazo te puede costar la vida.
Cinco días más tarde el herido estaba mejor. El cortijero, aprovechaba el sol, que se asomaba brevemente por el cielo plomizo, para recortar una zarza que amenazaba con obstruir la acequia, cuando oyó una voz, fuerte e imperiosa, pero amable:
— ¡Quién vive!
Andrés volvió la cabeza aterrorizado.
— Buenos días, ¿qué les trae por aquí? —contestó con mal disimulado nerviosismo.
Los dos guardias civiles estaban impecables. Las botas limpísimas, a pesar del camino. El tricornio, forrado de terciopelo negro con ribetes dorados en vez del habitual paño verde descolorido con guardacuellos y, sobre el uniforme, correajes y cartucheras de un amarillo estridente.
— Vamos a las fiestas del pueblo a escoltar a la procesión de San Sebastián y, de camino, por si alguien se pasa con la bebida… y como ya llevamos un buen trecho de caminata, nos hemos dicho: «vamos a descansar aprovechando que ha salido un poco de sol».
— ¿Quieren que les saque algo de comer?
— No, gracias; pero un vasico de agua sí te agradeceríamos.
María, dejando un cántaro en la cantarera de obra, miró de reojo por la ventana:
— ¡Virgen santa! —exclamó— entre unos y otros nos van a llevar a tos a la tumba.
Cogió apresuradamente dos naranjas de las que había sobre el caramanchón y salió del cortijo.
Con manos temblorosas, el cortijero, les entregó sendos vasos con agua a los dos guardias, que se habían sentado en el poyete.
— Buenos días, ¿quieren unas naranjas pal camino? —ofreció María con amabilidad.
— Eso siempre viene bien, ¡Dios te lo pague! —contestó uno de los guardias.
Los emboscados habían subido al terrado. El «Rucio» saltó por la parte de atrás y comenzó a correr ladera abajo entre las paratas; los civiles, al verlo, la emprendieron a tiros sin mediar palabra hasta que fue abatido. El compañero disparó desde el terrado matando a uno de los guardias. El otro, saltó como un rayo, se apostó junto a la pared del cortijo, apuntando con su arma hacia el alero. Un silencio tenso reinó durante algunos minutos, hasta que el de arriba, asomó despacio empuñando su pistola; una bala en la frente y otra en la órbita derecha, acabaron con su vida mientras su cuerpo caía sobre la plataforma de piedras de la entrada del cortijo.
La gente, sin importarle la lluvia que caía suave, pero mojando, se agolpaba a la entrada del pueblo donde estaba el cuartel por un camino carretero que muere en una de las calles periféricas, de huertas y viviendas humildes. Los hombres salían de sus casas con gesto ceremonial y en silencio; las mujeres, más recatadas, se asomaban por la apertura de la parte superior de la puerta o a través del lado practicable de las ventanas del piso de arriba. Andrés y María caminaban despacio, pálidos, con las miradas huidizas y las manos atadas, a través de un ramal de esparto, a la silla de sendos caballos, montados por guardias civiles, en cuyas grupas, echados como fardos, descubiertos, iban los cuerpos de los guerrilleros con brazos y piernas hacia ambos flancos del animal y oscilando al compás de su paso. Nadie decía nada; solo el repiqueteo cansino de los caballos, como un tañido fúnebre, rompía aquel silencio tenso que sonaba a miedo.

Para llegar a la celda había que pasar por un pasillo húmedo de paredes grisáceas. Aunque el habitáculo, razonablemente limpio, era individual, estaba ocupado por tres hombres.
— De manera que los rebeldes te acusan a ti de auxilio a la rebelión, por haber curado una herida — comentó Daniel.
— Eso parece —contestó Manuel.
— En la guerra y en el amor, quien gana lleva razón —sentenció Daniel—. Yo estudié mi carrera, saqué mis oposiciones y ejercí como maestro nacional durante casi veinte años y ahora, según las Comisiones Depuradoras, soy un «desafecto», porque hay peligro de que enseñe lo que ellos dicen que no debo enseñar. Y no se conforman con expulsarme del Magisterio, sino que me encierran como a un delincuente, sólo porque era partidario del gobierno legítimo al que ellos derrocaron por la fuerza y sin pedirle opinión a los españoles.
— Los fascistas te acusan de cualquier cosa, con tal de eliminarte. Como le caigas mal a alguien adicto al Régimen (que ahora, por cierto, hay muchos), dicen que eres rojo y te matan, haigas hecho algo o no lo haigas hecho —afirmó tajante José Luis—. Yo estuve afiliado a un sindicato, como tos los trabajadores, si no ¿quién va a defender nuestros derechos?, pero no he hecho ná, la prueba es que durante la guerra nadie se ha metío conmigo. Ahora ha llegao a mi pueblo un fascista y pa quedarse con su trabajo y con el mío, ma denunciao por rojo y aquí estoy esperando juicio o a que me den un «paseo» o m’apliquen la ley de fugas. Y a ti lo que te pasa es que habrá algún practicante fascista que quié quedarse en tu pueblo y ta denunciao Dios sabe por qué; ya verás cuando vuelvas, si es que vuelves, como te lo encuentras allí hecho un señor.
— De momento el trabajo lo está haciendo mi cuñado, que es practicante en un pueblo cercano, para que no pongan a nadie en mi lugar. El problema es que aquel hombre, a quien me obligaron a curar, era uno de los de la sierra y eso a éstos les fastidia mucho. Si hubiese sido un delincuente común, seguro que no se meten conmigo.
— Esos sin que son ejraciaos. Viven como animales y como animales los están cazando. Los probeticos tienen que robar si quieren comer. ¿Hasta cuándo van a estar así, hasta que los maten a tos? A mí me parece que algunos no se han enterao que la guerra terminó, porque a veces toman pueblos que luego recupera la Guardia Civil, secuestran a señoricos, ejecutan a chivatos, matan a algunos civiles y falangistas, famosos por sus torturas… como si eso sirviera ya para algo. Si los cogen, los asesinan sobre la marcha o les hacen un juicio sumarísimo sin garantías, los fusilan y luego los entierran junto a los cementerios, por fuera de las tapias, o en el cementerio de los desgraciaos. Hasta un entierro digno les niegan, como si no fueran personas. Así lo único que consiguen —continuó— es que a los que estamos aquí nos traten peor. Y anda que a sus familias, a esos los majan a palos en los cuartelillos… y los llevan de «paseo» pa pegarle cuatro tiros en cualquier curva, sin juicio ni ná; y a las mujeres, las pelan al rape, les dan aceite de ricino pa que vayan cagándose por la calle y las violan ca vez que quieren. En mi pueblo había una que su marido estaba en la sierra; se la llevaron a un cuartel de la Guardia Civil y a los ocho meses apareció muerta en una carretera, cuando le hicieron la autopsia, vieron que estaba preñá de tres meses ¡después de haber estado ocho presa en un cuartel!
— Están dando la cara por nosotros que creíamos que al acabar la guerra nos iban a dejar en paz— proclamó Daniel. Y ¿qué hemos conseguido quedándonos aquí? Ellos mueren combatiendo digna-mente y a nosotros nos están exterminando como a ratas y, encima, humillados. ¿Dónde está la paz? No, la guerra no ha terminado aún; esto es una guerra de guerrillas, pero guerra al fin y al cabo. Los de la resistencia fuera de España les dan ánimos a través de la emisora «pirenaica» con la esperanza de que los aliados ganen la guerra —continuó el maestro—. Hay muchos españoles en Francia luchando contra Hitler, y qué ¿lo hacen, por Francia? No, ellos están combatiendo por la libertad y la democracia, con el convencimiento de que aquello no es más que el prólogo de la lucha contra Franco, porque creen que los aliados, si vencen a Hitler, luego intervendrán a favor de la República para erradicar el fascismo de Europa. Entonces serían héroes. La diferencia entre un delincuente y un héroe depende de que esté en el bando ganador o en el perdedor.
— ¿Usted cree que eso va a ocurrir? —inquirió el practicante.
— Me temo que no. Franco es más listo de lo que parece: no quiso entrar en la guerra porque sabía que, pase lo que pase, saldría perdiendo. Si ganan los aliados, acaban con él y si gana Hitler, se apoderará de España, y Franco no sería más que una marioneta de los intereses alemanes. Así, manteniéndose neutral, gane quien gane, aquí seguirá mandando él.
— ¿Y qué pasará con los de la sierra?— Manuel pensativo.
— Los van a matar como a conejos —sentenció el obrero.
— Me da pena del hombre al que curé —terció Manuel—. Estaba abatido, con una cara de tristeza que sobrecogía. Más que dolor físico mostraba miedo, desesperación, cansancio… No creo que sea un dirigente político, más bien parecía un pobre hombre, gris, sin relevancia y ahora sin futuro ni expectativas.
— Seguro que lo han matao ya; y a ti tan metío en la cárcel por su culpa. Tampoco ties muchas expectativas; porque si no te sacan na de que acusarte, son escapaces de ponerte en libertad con dos guardias civiles al lao: te dicen que eches a correr, te pegan cuatro tiros y aluego dicen que te querías escapar.

El verano se acercaba a su fin y la prisión seguía oliendo a lo mismo, y ahora también a sudor. Los barrotes de hierro pintado de gris plata, habían evolucionado a un tono más parecido al hollín, pero, aparte de eso, poco había cambiado.
Sobre los cafés cerrados de la ciudad, sobre las mujeres que venían de buscarse la vida y sobre los obreros que salían a ganarse el pan, se extendía una claridad perezosa, una mañana vulgar, como todas a esas horas en que sólo se ve por la calle a los que comienzan el trabajo temprano, aquellos que hace poco escuchaban complacidos a los que predicaban justicia, igualdad, reparto y ahora solo oían hablar de orden, patria y premios en la otra vida. Pero los presos no veían ni eso, solo unos muros de ladrillos empercudidos flanqueando un patio pavimentado de cemento gris, por el que, a veces, cruzaban funcionarios y personajes del Régimen. Como tantas veces, al compás del crujir de las botas altas, se iba haciendo en la galería el silencio aterrador, roto por la clásica voz reglamentaria de chusco, vino y tabaco:
— ¡Manuel Hernández! ¡Fuera!
Los tres prisioneros se miraron con temor y se despidieron en silencio.
En una mesa alargada se sentaban cuatro hombres vestidos de militares y en otra al lado, el de la camisa azul con su máquina de escribir y su mirada aviesa.
— De acuerdo con la Ley de Jefatura del Estado sobre Rebelión Militar, usted está acusado, de oficio, de auxilio a la rebelión ¿tiene algo que manifestar?
— Yo no he auxiliado a ninguna rebelión. No participé en la guerra, porque mi profesión de practicante me hacía imprescindible para la población civil; no fui movilizado, ni me presenté voluntario a ningún tipo de acción, ni en el frente, ni en la retaguardia. Terminada la guerra, seguí trabajando para las gentes de mi pueblo, sin fijarme en sus actos ni en sus ideas. Mi plaza de Practicante Titular me obliga a ello. No he perseguido, no he denunciado, ni siquiera he opinado en cuestiones políticas, ni he conocido personas que conspiraran contra el nuevo régimen, ¿cómo podría ayudar a la rebelión?
— Diga si es cierto que el 15 de enero usted atendió a un rebelde refugiado en el cortijo llamado de los «Carrizales».
— Sí. Lo hice en el legítimo ejercicio de mi profesión, no por ayudar a rebelión alguna, pues ni siquiera sabía que ese señor era un rebelde, como dicen ustedes.
— ¿Acudió voluntariamente a ese lugar?
— No. Fui secuestrado a punta de pistola cuando volvía de otro cortijo, me obligaron a realizar la cura y me amenazaron para que guardase silencio.
— Esos eran suficientes indicios de que los implicados eran bandoleros, de lo contrario no hubiesen utilizado tales métodos.
— Era de suponer, pero en ningún momento pude comprobar si eran huidos políticos. Podía tratarse también de gente asustada, que en estos tiempos no es raro. En cualquier caso, no es misión mía determinar tales circunstancias. Mi oficio, y mi vocación, consiste en hacer el bien a cuantas personas lo precisen, desde un punto de vista, ante todo, moral y humano. Por eso elegí esta profesión y estoy satisfecho de ella. Pero también desde los aspectos legales, pues me nombró el Estado para atender las necesidades sanitarias de las personas; nunca se me dijo a quienes sí y a quienes no.
— ¡El Estado rojo! —espetó el de la camisa azul.
— El que había. La profesión de ustedes —continuó Manuel— es perseguir a los que, a su juicio, actúan al margen de sus leyes. La mía es procurar, en la medida que me corresponde, la salud de todas y cada una de las personas que solicitan mis cuidados, sin fijarme en su clase, condición… ni ideología; si ello me depara algún perjuicio, lo afrontaré consciente de mi inocencia y de mi acierto en la elección.
— No está usted en condiciones de hacerse el valiente —comentó el militar de la derecha, un hombre de rostro grisáceo, con uniforme impecable y aditamentos varios que tintineaban en su guerrera a cada movimiento.
— No me estoy haciendo el valiente, sólo defiendo una profesión con unos principios que están por encima de la forma de pensar de las personas. Hoy, éstos que ustedes persiguen son criminales; si hubiesen ganado la guerra, serían héroes. Las profesionales sanitarios no podemos entrar en esas disquisiciones. Si algún ser humano necesita atenciones sanitarias, tenemos la obligación de prestárselas, sólo por ser una persona.
Los ojos iracundos del de la camisa azul abandonaron la máquina de escribir para taladrar al acusado.
— Pero, después de curarlo usted debía haber dado parte a la Guardia Civil, cumpliendo así con dos obligaciones, la de profesional y la de español— insistió el fiscal.
— No pude. Pesaba sobre mí y mi familia una amenaza que yo estaba seguro cumplirían. Cada vez que salía encontraba algún desconocido siguiéndome.
— Podía haber enviado a alguien a dar parte.
— Mi casa estaba vigilada. Además en mi pueblo no hay cuartel y el más cercano está a más de diez kilómetros. Si hemos de ir, andando o en mulo, por esos caminos entre montes y ramblas, más de dos horas y otras tantas de vuelta, no sería difícil encontrar a alguien, en cualquier curva, que nos quitara de en medio.
El del extremo izquierdo de la mesa, un hombre de modales refinados, que decía ser el defensor, ojeó, con rutina, los papeles de una carpeta de cartón, a la vez que afirmaba no encontrar informes desfavorables acerca de este hombre. Las autoridades y personas adictas al Régimen de su localidad y las colindantes coincidían en que era bueno, servicial, amigo de todo el mundo, celoso de su profesión y sin actividad política conocida.
— Además —continuó— no existe denuncia. Fue detenido a raíz de un informe de la Guardia Civil, por la confesión del cortijero, tras ser detenido, que dijo le había curado la herida al emboscado, pero tampoco lo acusó de otros actos con mayores implicaciones.
Tras preguntarle el juez a Manuel si tenía algo más que añadir, éste contestó que seguía convencido de haber obrado bien y que asumiría las consecuencias que de ello pudieran derivarse.

Diez días más tarde, al atardecer, la avinagrada voz del hombre uniformado, volvió a romper el silencio de la galería, pero esta vez no era un grito imperativo sino una atenta alocución:
— ¿Manuel Hernández? Coja sus cosas y salga, el juez ha decretado su libertad sin cargos. Procure no volver, éste no es su sitio.
Se abrazó alegre a los compañeros de celda, dándole ánimos. Cuando salió, José Luis dijo en voz baja al maestro:
— ¿Será de verdad…?
— Yo creo que sí, este hombre no puede tener enemigos.
La duda se despejó más tarde con un ruido de disparos. Los dos presos saltaron, como accionados por un resorte, hacia la ventana, crispando los dedos a las rejas a modo de ganchos, como para mirar lo que ocurría en el exterior, aunque solo vieron, como siempre, el muro de ladrillos empercudidos y el ya familiar patio de suelo gris, cruzado en ese momento por el de la camisa azul, que esgrimía una sonrisa de satisfacción.
El parte oficial decía: «…puesto en libertad, se procedió a su identificación rutinaria por parte de las fuerzas de seguridad, emprendiendo la huida, por lo que fue necesario realizar varios disparos intimidatorios, algunos de los cuales alcanzaron de forma accidental al fugitivo en el tórax, produciéndose la muerte por afectación de órganos vitales».

Pregón de las fiestas de Cacín 1991

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Pregón de las fiestas de Cacín, 1.991

Juan Manuel Jerez Hernández

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Señoras, señores, autoridades municipales de los diversos signos políticos:

Es para mi una gran satisfacción estar de nuevo en este pueblo, que repite alcalde y pregonero, para inaugurar otra fiesta, como símbolo de una nue­va etapa en su andadura, un nuevo y breve perio­do festivo que viene a significar, cuando menos, unos días extra­or­dina­rios, donde se come, se bebe, se baila y se disfruta más de lo normal, y se descansa mucho menos que lo habitual.

Las fiestas son el máximo exponente de la personalidad de un pue­blo, el signo de su identidad, la denominación de origen o el mar­cha­mo que le da garantía de autenticidad, pero no son, como afir­man al­gu­nos de forma super­flua, un paréntesis en la vida cotidiana en que los problemas quedan aparcados y se guardan momen­táneamente los defec­tos de la sociedad; son unos días especiales, eso sí, pero en los que siguen refleján­dose la estruc­tura social, sea buena o sea mala: el pobre sigue siéndolo aunque intente no parecerlo, el rico presume todo lo que pue­de, los ene­migos se miran de reojo y de forma agresiva, los amigos los son aun más, el presuntuoso se vuelve más altanero, el envidioso sufre más de la cuenta, el alegre se divierte más que nunca, el generoso dispendia sin tasa y el tacaño gorronea con mayor libertad.

Hay personas que durante los días de fies­ta se comportan de forma diferente de como lo hacen durante el resto del año, pero lo único que están haciendo es dejar libres los impulsos reprimidos; no es que cambian durante las fiestas, es que fingen durante el resto del tiempo.

En las fiestas la gente se muestra como es, pero en mayor grado; es como si mirásemos al pueblo con lupa, viendo mejor sus virtudes y sus defectos; por eso estos días pueden ser la mejor ocasión para mirarnos a nosotros mismos y reflexionar sobre las acti­tudes individuales y colectivas.

Porque en las fiestas, estando todos más alegres, se crea un ambiente en el que es más posi­ble la libertad y existe mayor dispo­ni­bi­­lidad al diálogo. Y eso ha de ser aprovechado para solu­cio­nar problemas crónicos, romper el hielo del trato distante y comenzar los diálogos:

Sentado en una mesa en plena calle al compás de la música bullan­­guera de un conjunto popular, se pueden y es más fácil, tomar las decisiones que luego serán plasmadas en la formalidad de un des­pacho, en el reco­gimiento de una sala de estar y, incluso, ¿por­que no?, en la solemnidad de una sala de audiencias. Es la ocasión en que el padre vuelve abrazar al hijo que creía descarriado, el marido besa a la esposa de la que iba a divorciarse, se fija la fecha de la boda del novio y la novia que estaban a punto de romper, los parientes se ponen de acuerdo en cuanto al reparto de la heren­cia, los vecinos sobre los lindes… y los políticos, en los asuntos de la cosa pública.

Son días de desterrar odios, personales y colectivos, manías y cabezonadas que impiden la buena convivencia. De olvi­dar las ideolo­gías rein­ven­tadas por rencores personales y no por verdaderas creencias. De desechar actitudes regresivas y persona­listas que se oponen a la libertad, al progreso y a la convivencia.

Son también los momentos propicios para reflexionar con since­ridad sobre el pueblo y hacer los propósitos colectivos que han de cumplirse durante el resto del año. No debe caerse en la irrespon­sabilidad de boicotear iniciativas y aumentar las diferencias de criterio que perjudican al interés colectivo, solamente porque son ideas de otro y ese otro no es “de los míos”, sino de intentar ir to­dos al unísono para que el éxito de la fiesta se convierta luego en el trabajo solidario por el bien de todo el pueblo.

Son días también de recibir a los forasteros con los brazos abiertos, no sólo a los emigrantes y familiares, sino también a todos los visitantes de otros pueblos cercanos o lejanos. De ver como hermanos y no como rivales a los de los pueblos vecinos, pues todos formamos parte de la misma comunidad territorial.

Yo invito, pues, a todos los habitantes de este municipio para que, entre copa y baile, se comprometan a luchar por el pro­greso económico, social y cultural de esta tierra. Pero advirtiendo que es imprescindible que ese progreso se pro­duz­ca superando el viejo dilema entre con­ser­vación y economía y con respeto a los valores cul­tu­rales de la zona, a saber:

– La arquitectura tradicional, protegida al máximo que permita la modernización y acondiciona­miento de las viviendas, lo cual es per­­fec­­tamente compatible con el estilo de construcción y decora­ción, sobre todo externamente.

– El urbanismo general del pueblo y su entorno, contro­la­do para que guarde el equilibrio, perfectamente posible, en­tre efica­cia, comodidad, salubridad y absoluto respeto a los va­­lo­res paisa­jís­ticos y ambientales.

– El desarrollo de trabajos agrícolas, ganaderos, pequeñas in­dus­trias de transformación, artesanía, turismo y comercio en plena consonancia con los valores naturales y culturales de la zona.

– Y el absoluto respeto a las tradiciones, con la pro­tec­­ción, fo­men­to y recuperación de costumbres, fiestas, dis­trac­ciones, ri­tua­les, cantos y danzas tradicionales.

Esto se consigue con esfuerzo, trabajo y, sobre todo, soli­dari­dad. Solidaridad y comprensión entre todos y cada uno de los veci­nos, sin distinción de raza, sexo, situación económica ni ideologías.

Por encima de los intereses personales está  el interés general y el orgullo de ser cacileños, pero también, no lo olvidemos, está  autén­tico espíritu comarcal, la hermandad con los pueblos vecinos, embarcados con nosotros en los mismos intereses y parecidos pro­blemas, porque hoy un pueblo solo y aislado no puede progresar, pues está  indefenso contra la tendencia centralizadora del actual sis­tema que intenta ahogar a las pequeñas localidades.

Por eso, y como símbolo de nobleza y hermandad, vamos a comen­zar estas fiestas con un alegre baile. Un baile que, en función de lo dicho, debería ser abierto por una pareja de honor compuesta por el señor alcalde y la concejala del primer partido de la oposición y otra formada por el concejal del segundo partido de la oposición y la mujer del alcalde.

Después, pidamos todos a la Patrona que, acrecentándonos bienes como la prosperidad, la cultura y la paz, nos libre de las plagas modernas como el de­sem­pleo, la droga, la ignorancia, la insolida­ridad y la intolerancia.

Guarde Dios a nuestro alcalde, a toda la Corporación y a la magnifica gente de esta población.

        Muchas gracias

AQUÍ NO HA VENIDO NUNCA UNA AMBULANCIA

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Certamen de Relatos Breves “San Juan de Dios”

Escuela Universitaria de Enfermería y Fisioterapia San Juan de Dios.- Madrid

2º PREMIO.- Diciembre 2000

AQUÍ NO HA VENIDO NUNCA UNA AMBULANCIA

Juan Manuel Jerez Hernández
Octubre, 2000

Antonio yacía sudoroso y febril, con la cabeza hundida en la almohada y la mirada fija en el techo, de tupido entramado de cañas sujeto por gruesas vigas de castaño.
— Don Fernando, esto viene a por mí, nunca he estao tan malico —exclamó lentamente y jadeante.
— No, hombre, ya verá usted como con estas inyecciones se mejora y dentro de unos días está otra vez mancajando —contestó casi rutinariamente el joven practicante mirando la jeringa de cristal que borbotaba en el agua hirviente dentro de su caja metálica, calentada por el fuego de un algodón empapado en alcohol. A continuación, inyectó al enfermo una ampolla de Pulmo-Hidratol, impregnando de fuerte olor a eucaliptol y alcanfor el aire de aquella reducida habitación con paredes pulcramente encaladasJERINGA 015.
Antonio Ramírez, apodado el moruno, era un hombre de 35 años, curtido por las carencias. Enjuto, de rostro ennegrecido por el sol y piel prematuramente arrugada por la continua acción de la intemperie, excepto una franja en la parte superior de la frente, por la protección del sombrero durante el trabajo en el campo.
— Que no, don Fernando, que esas inderciones no macen na y ca vez estoy peor… Me falta la vida. No pueo comer ni casi respirar…, don Rafael dice que es una cosa de bronquios o de pulmones, un enfriamiento, pero yo pienso que voy a morime.

— ¿Cómo se ha enfriado en el mes de agosto? —inquirió el practicante esbozando una sonrisa maliciosa.
— No se ría usted, don Fernando, que la otra noche lo pasé mu mal. La presilla de la cequia no estaba en condiciones y tardé más de la cuenta en regar los bancales. La noche era mu húmeda y estuve hasta la madrugá con el agua casi hasta la rodilla.
Además —continuó— ya estaba un poco escacharrao y no tenía gana de salir, pero hay que regar cuando le toca a uno la tanda, si no, la pierdes… y hogaño, con la calor que hace y la sequedad que hay, no se pué dejar ni un riego.
Mientras seguía la conversación, el practicante estaba atento a la forma de hablar, de respirar y de moverse de aquel hombre, su postura en la cama y hasta el olor del sudor. Había aprendido a valorar a los enfermos observándolos detenidamente.
Fernando Jerez no había cumplido los treinta años, pero tenía el aspecto maduro y circunspecto que correspondía a la importancia y la autoridad de que estaban revestidos estos profesionales en las poblaciones pequeñas.
Había comenzado su ejercicio profesional en una capital de provincia, poco antes de la guerra civil. Terminada ésta, con sus secuelas de carestía y escasez, decidió instalarse en el medio rural, cuya precaria realidad sanitaria era un buen campo de trabajo para un joven profesional ilusionado. Además, sumando al sueldo de A.P.D. el cobro por el sistema de igualas, que muchos vecinos pagaban en especie, podría vivir con holgura y conseguir buena comida sin las colas ni las cartillas de racionamiento de la capital.
Así fue a parar a un pueblo con menos de doscientos habitantes, distante de la capital de su provincia más de 120 kilómetros de estrechas, polvorientas y tortuosas carreteras, que en aquellos tiempos significaban muchas horas de penoso viaje en autobús de línea, ya que no había ni taxis ni coches particulares, ni allí ni en los pueblos de alrededor.
Como en toda la zona, las calles eran estrechas; las casas cúbicas, pequeñas y blanquísimas, que se recostaban sobre laderas, apiñándose alrededor del templo, con techos planos y grisáceos por la launa, cuya horizontalidad era desafiada por largas chimeneas troncocónicas.

     Dotado únicamente de cura, alcalde, maestro y practicante, que era el único sanitario local, carecía de teléfono, y el telégrafo estaba en la localidad más cercana, a seis kilómetros. Era ésta un importante centro comarcal con más de tres mil habitantes, juzgado, notaría, registro de la propiedad, cuartel de la Guardia Civil, comercios suficientes, la parada del autobús de línea y tres médicos
A principio de los años cuarenta, la comarca, tenía un desarrollo similar al de primeros de siglo. Un campesinado autosuficiente en sus necesidades básicas, adaptado a su resignada pobreza. Con bajo nivel cultural y aferrado a sus tradiciones y creencias, en las que la religión y la superstición se daban la mano, reforzadas con el miedo y el clientelismo derivados de la difícil situación política de la posguerra.
Viendo al enfermo, Fernando pensó que aquello no tenía el aspecto típico de las enfermedades broncopulmonares, tan frecuentes en la aldea con largos inviernos de trabajo bajo la lluvia y el viento. La piel de Antonio se había vuelto cetrina y sus ojos azules parecían descoloridos, la frente fruncida y en su rostro se esbozaba un rictus de sonrisa triste que dejaba escapar alguna saliva por las comisuras. Respiraba con dificultad.
Como acariciándolo, pasó disimuladamente la mano bajo su nuca para levantarle la cabeza con suavidad, a la vez que preguntaba si había sufrido recientemente alguna herida.
— Si, pero hace ya d’eso más de dos semanas. Me se hincó en la pierna un clavo gordo que venía revuelto con el estiércol, pero no era gran cosa y salió mu poca sangre. Seguí trabajando hasta que estrurreé to el estiércol. Si fuera a dejar de trabajar ca vez que m’hago una herida…
Amparo, la esposa de Antonio que permanecía junto a su cama, sentada en silencio sobre una silla de anea, saltó como activada por un resorte:
— Mire usté, don Fernando, la herida era grande y tenía mu mala pinta; yo cuando la vide me quedé pasmá; si parecía que tenía cangrena. Lo que pasa es que este hombre es mu descudiao y no le da importancia a na. Un día nos va traer un dijusto, si es que no lo tenemos ya.
Al salir de la casa, el practicante mandó recado al médico de que le avisase cuando viniese a ver a Antonio y que lo hiciera cuanto antes.

Presentación1

    Don Rafael Martínez era uno de los tres médicos del pueblo contiguo, a quién correspondía atender a los enfermos de esta aldea. Mayor en edad pero pequeño en estatura, de aspecto muy rural, debido a los años que llevaba ejerciendo allí, donde poseía varias fincas de regadío con sustanciosos beneficios que no le dejaban mucho tiempo para estudiar y viajar a cursos y congresos.
A media mañana estaban los dos a la cabecera del enfermo; el médico algo contrariado por el desplazamiento que consideraba innecesario y que, a falta de vehículo de motor, hubo de hacerlo en caballería. Fernando, mirándolo como de soslayo, intentó levantar la nuca del enfermo y vio como se elevaba ligeramente el tórax sin flexión del cuello. Sin cesar en la maniobra, se acercó al médico inquiriéndole en voz baja:
— ¿Está usted viendo, D. Rafael?
Éste, extrañado, preguntó en voz más baja aún:
— ¿Qué es?, ¿qué pasa?
— Este hombre puede tener un tétanos.
— ¿Tétanos?, ¿qué dice usted?, ¿está seguro? —respondió el médico con mal disimulado nerviosismo, pero sin elevar la voz, de forma que ni el enfermo ni su esposa pudieran oírlo.
Fernando había visto varios casos de tétanos en el hospital donde hizo las prácticas y conocía bien los signos, así como la improbabilidad de ese hombre sobreviviera en aquel lugar tan apartado y carente de recursos. Sin pronunciar palabra alguna, encogiose de hombros mirando al médico con expresión de cautela.
Saludaron cordialmente al enfermo deseándole mejoría y, ya fuera de la habitación, encargaron a su esposa le diera alimentación blanda, muchos líquidos y que no se le molestara nada.
Cuando salieron a la calle, el sol canicular reverberaba en las blanquísimas fachadas obligándolos a entornar los ojos. El médico, preocupado, insistió:
— ¿Está usted seguro, don Fernando, de que este hombre tiene tétanos?, yo no he visto eso nunca.
— Hombre, don Rafael, tiene toda la pinta… Además, hay antecedentes de herida contaminada en el tiempo que puede estimarse como de incubación.
— ¿Y que vamos hacer?, esto aquí no tiene arreglo, tendría que verlo un especialista. Habrá que mandarlo a la capital, y eso no es fácil, pues no está en paraje de viajar en la Alsina .
— Habrá que solicitar una ambulancia.
— ¿Para qué?, no vendrá; aquí no venido nunca una ambulancia. Bueno, me voy que tengo todavía muchos enfermos que ver.
Cuando despidió al médico y tras echar una ojeada al reloj de la iglesia, Fernando se encaminó a la taberna. Hacía esquina con la plaza principal, distinguiéndose por un descolorido anuncio de aguardiente en la fachada. No aparentaba ser mayor que las casas colindantes, pero, pasado el mostrador de madera gris, se extendía un hondo salón cuya profundidad obligaba a sustentar el techo con arcos de medio punto, blanqueados con cal y azulete en tal proporción que adquirían un color casi celeste. En las paredes solamente destacaban unos viejos calendarios anunciando algunas marcas de anís y gaseosa, punteados por numerosas cagadas de moscas.
La taberna era bar, casino y ágora local, único escape de la monótona vida de la aldea; para los hombres, pues la presencia en ella de las mujeres estaba mal vista, cuyo lugar de reunión libre de sospechas y recelos, era el lavadero, donde se repasaba a diario la vida local y la de cada uno de sus habitantes.
Fernando apartó la cortinilla de fabricación casera con tiras de chapas de gaseosa aplastadas sobre cuerdas, que semicerraba el hueco de la puerta, aplacando la ola de calor y frenando el paso de los insectos; pero permitiendo la entrada de aire, sin obstaculizar el acceso de las personas. El ruido sordo y cascado de las chapas al chocar entre sí advirtió la presencia del recién llegado quien, tras los segundos necesarios para adaptar sus ojos de la cegadora claridad del exterior a la penumbra de la taberna, se dirigió a un rincón. Allí como de costumbre, estaba don Andrés Molina, sentado en una vieja silla de anea y ligeramente apoyado sobre una mesa de madera empercudida, jugando al paulo con tres amigos de lo más destacado de la sociedad aldeana.
Andrés Molina era el maestro nacional de la escuela de niños y su esposa, la maestra de las niñas. Ambos, hijos y herederos de terratenientes acomodados y de total adhesión al Generalísimo y a su Movimiento Nacional, más por su situación económica y social que por verdaderas convicciones políticas.
Sobrepasaba holgadamente la cuarentena y ejercía en el pueblo desde que acabó sus estudios, siendo, además, alcalde desde antes de finalizar la contienda civil y su actividad política se limitaba a los cuatro trámites municipales, muchos de los cuales los resolvía en la misma taberna.
Era un hombre sencillo y amable con todos, aunque un poco más con aquellos que tenía mayor importancia social o le hacía faltan a él.
— Hombre, don Fernando ¡cuánto bueno por aquí! —exclamó con voz muy alta.
— Vengo a hablar con usted.
— Dígame.
— Mire, Antonio… — y bajando la voz añadió: — el moruno, tiene tétanos.
— Bueno, pues que lo vea don Rafael.
— Ya lo ha visto y no puede hacer nada aquí. Necesita un tratamiento complejo, con administración de antitoxina tetánica, suero y muchos cuidados.
— Hábleme usted en cristiano.
— Pues, que si no se lleva a la capital inmediatamente, morirá. En sus condiciones es imposible viajar en la Alsina y ya sabe usted que por aquí no hay coches particulares, además, dudo que pudiera ir sentado…
— ¿Y que quiere que haga yo, que lo lleve a cuestas? —Contestó el alcalde con sonrisa irónica y prepotente.
— Hace falta una ambulancia.
Andrés, algo molesto por la interrupción de su sagrada partida de cartas, esbozó una sonrisa fría, más fingida que sincera, y tratando de hacer una gracia, pero un poco harto ya de la conversación, exclamó:
— Yo no tengo ambulancias. Volvió la cabeza e intentó continuar con los naipes.
— Pero el Estado sí, es cuestión de solicitar una a la capital. Usted es la primera autoridad local y tiene competencias para demandar ayuda oficial a los responsables provinciales.
— Sí; usted lo ve todo muy fácil. Se cree que no hay más que pedir una ambulancia y ya la tenemos aquí.
— ¿Porqué no? Si está disponible… Al fin y al cabo la obligación de los Organismos es atender a toda la provincia.
— No me venga usted con obligaciones, derechos y todas esas cosas que suenan muy bien. Aquí estamos muy lejos de la capital… y eso es lo que tenemos.
El practicante, exclamó con energía:
— Yo creo que con probar no se pierde nada. Póngale un telegrama al Gobernador Civil o al Jefe Provincial de Sanidad, solicitando la ambulancia en nombre del ayuntamiento.
El alcalde, perdiendo ya el gesto amable que hasta ahora había mantenido, pero conservando la compostura contestó:
— Tanto el Gobernador Civil como el Jefe Provincial de Sanidad tienen muchas cosas en que pensar para acordarse de un pueblecillo como éste y para hacerle caso a un pobre alcalde de aldea.
— ¿Por qué no le van hacer caso?, se trata de una persona que está enferma sin medios para el tratamiento y que necesita un hospital, para eso está la Beneficencia y el Hospital Provincial. Los responsables deben mandar una ambulancia para trasladarlo.

     El alcalde perdió la paciencia y, aunque de forma educada, exclamó en voz más alta de lo normal:
— Mire: ni usted ni yo somos quien para decirle a las autoridades cuales son sus obligaciones. Además, aquí no ha venido nunca una ambulancia y no lo va hacer ahora por que Antoñico el moruno esté malo… que vaya usted a saber si es verdad que tiene el tétano ese.
— Nada se pierde con intentar… ¿Y si nos hacen caso?
Retomando la calma, Andrés Molina adoptó un tono entre filosófico y resignado:
— Mire usted, don Fernando, en política las cosas no son tan fáciles. Los gordos tienen mucho que hacer y no se les puede andar molestando por cada cosita que ocurra en cada uno de los ciento y pico municipios que tiene la provincia. Aquí estamos muy lejos y, es verdad, un poco dejados de la mano de Dios, pero estamos bien como estamos y es mejor resignarse, pues si molestamos mucho a los de arriba lo pueden tomar con nosotros y nos irá peor. Con los jefes nunca hay que enfrentarse… que «siempre se rompe la soga por el lado más débil». El mundo es así y no lo vamos a cambiar ahora ni usted ni yo.
— Es verdad, pero yo no estoy pidiéndole que se enfrente con nadie, solamente que mande a Pepe el alguacil a que ponga un telegrama y veamos que pasa.
El alcalde dio un puñetazo en la mesa que hizo saltar a todas las cartas, acabando de descolocar un juego al que todos ya habían renunciado:
— ¡Le he dicho que no pongo ningún telegrama! —exclamó—. Si tanto interés tiene hágalo usted bajo su responsabilidad, pero sin nombrarme a mí ni al ayuntamiento para nada y afrontando usted sólo las consecuencias.
Fernando abandonó la taberna ceñudo y silencioso, sorprendido por la cerrazón de aquella gente y el miedo irracional generado por la situación política en ese tiempo de recelos y represalias, que había llevado a muchos a temer sin motivo. Preocupado al ver como algunas personas podían llegar a cometer una injusticia, sin ser totalmente consciente de ello, para no contrariar a sus superiores y así mantenerse en el cargo.

TIMAR CON BOLINAS 2

     Tras tomar un frugal almuerzo, emprendió el camino del pueblo contiguo, a pie por la polvorienta carretera sin más compañía que el canto de las cigarras, de una monotonía exasperante, que aumentaba el peso plúmbeo de aquel calor canicular.
Se preguntaba si no estaba extralimitándose en sus funciones que, según le habían inculcado, no deberían ir más allá de cumplir las órdenes del médico de la mejor forma posible, y callar. Sabía que a éste no podría sentarle bien que se le rectificara un diagnóstico y tampoco le convenía indisponerse con el alcalde, que había confundido una sugerencia humanitaria con una intromisión.
Pero se resistía a permanecer impasible mientras un hombre moría pudiendo encontrar la solución. Rechazaba el fatalismo tan generalizado en aquellas pobres gentes del que se habían contagiado personas cultas y sensatas como un médico y un maestro. No podía admitir que el derecho a la salud de la población se viese limitado por la distancia a las grandes ciudades.
Al final llegó al convencimiento de que su función no podía reducirse a ejecutar mecánicamente unas técnicas ordenadas por otros profesionales de mayor competencia, sino que su obligación era atender y cuidar a los enfermos lo más completamente posible y ello incluía buscar el tratamiento adecuado allí donde estuviese.
Se resistía a ser cómplice de actitudes negligentes, no por mala fe, sino por rutina o falta de decisión; y pensaba, con horror, que si antes se habían dado situaciones similares, hubiese muerto alguien por desidia o temor de los responsables. Entonces comprendió porque, cuando llegó a la comarca, el médico forense del pueblo vecino, un hombre culto y progresista, le advirtió que a su edad y con su formación no debería permanecer mucho tiempo en el medio rural, pues aquí —según aquel— las personas «se embrutecen se empobrecen y se envilecen».
Tras caminar más de una hora, llegó a la oficina de Telégrafos y envió su mensaje; con su firma y a sus expensas. Después dio cuenta al médico de sus gestiones, recibiendo una aprobación demasiado escéptica para ser sincera; hizo algunas compras y volvió a la oficina de Telégrafos, donde comprobó que aún no había llegado respuesta a su telegrama.

    A pesar de ello, emprendió el camino de regreso a la aldea, satisfecho y esperanzado, cuando el sol ya había desaparecido detrás de los montes. Después del bochorno del día, comenzaba a refrescar agradablemente y las cigarras guardaban silencio dormitando entre ramas de almendros y olivos.

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    A la mañana siguiente, una patulea de chiquillos astrosos con pantalones de pana remendados de la misma tela, pero más nueva, rodeaba con curiosidad al extraño vehículo que circulaba muy despacio a la entrada al pueblo, cuyo conductor preguntaba por el practicante. Los hombres salían de sus casas con gesto ceremonial y en silencio. Las mujeres, más recatadas, se asomaban por la apertura de la parte superior de la puerta de sus casas o a través del lado practicable de las ventanas del piso de arriba.
Entre Fernando y el conductor introdujeron a Antonio en la ambulancia que comenzó a desplazarse despacio sobre el piso empedrado de las estrechas calles, seguida de los zagales, que formaban una especie de cortejo silencioso, a modo de entierro, en vez de alborotar como era su costumbre. Los adultos, que habían estado observando, quedaban atrás comenzando los primeros cuchicheos de lo que iba a ser, durante una buena temporada, la principal conversación de la taberna y el lavadero.
El alcalde no se dejó ver en un par de días, ni en el ayuntamiento ni en la taberna; renunciando, incluso, a su irrenunciable partida de paulo. Al parecer, habían surgido tareas inaplazables en sus fincas de la sierra.
El calor apretaba de lo lindo, dejando desiertas las calles de la capital, cuando la ambulancia se detenía frente a un sobrio edificio del siglo XVI. Tras la portada de mármol de Elvira y Macael y el zaguán con artesonados cuadrados de labores renacentistas, el calor se mitigaba en el claustro rodeado de cuadros del siglo XVIII, con asuntos de la vida del fundador de la orden que erigió este hospital, ahora en manos de la Diputación Provincial.
El enfermo quedó ingresado en una gran sala común para hombres, donde recibió el tratamiento y los cuidados adecuados a su enfermedad durante largo y penoso tiempo.

     Cuando Antonio se bajaba del autobús de línea, a su vuelta del hospital, el pueblo olía a pólvora, churros y jazmín. Arcos de ramas de pino decoraban las calles en las que se habían instalado puestos de dulces, juguetes y tiro al blanco. Le pareció un buen recibimiento, aunque sabía que no era por él. Se celebraba la tradicional feria de octubre: en el río se trataba con mulos, toros, vacas y cabras y, entre los puestos de talabartería, se exponían para su venta mancajes, serones, arados y otros muchos aperos de labranza.
Esta máxima expresión de lo rural lo reconfortaba percibiendo intensamente la sensación de estar ya en casa. Recorrió el pueblo del brazo de su esposa, que lo había acompañado en el viaje; compraron turrón, garbanzos tostados, calabaza endulzada y soplillos , antes de emprender el camino de su aldea, que hicieron despacio, recreándose en una vuelta que cuando partieron no tenían muy segura.

PREMIO

Cuando yo escribí un programa de Radio

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Era en la década de los 80, cuando mi afición por La Alpujarra estaba en toda su efervecencia. Era frecuente que cada vez que tenía alguna información sobre la cultura alpujarreña fuera a contarla en los micrófonos de la entonces Radiocadena Española, de RTVE y que hoy es Radio 5, de la mano de Tito Ortiz, periodista y amigo. Pero entonces se me ocurrió escribir y dirigir un programa de radio sobre el folklore  alpujarreño, y dicho y hecho. Se grabó una tarde, dando lectura del texto Tito Ortiz y se emitió al día siguiente aprovechando que en época estival se hacían menos entrevistas y reportajes. Fue el día 31 de julio de 1988.

He aquí: Programa de radio sobre el folclore alpujarreño

 

 

 

HOMENAJE A MANUEL HERNÁNDEZ EN NIELES. 29 DE ABRIL DE 2006

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Intervención en el acto de homenaje a Manuel Hernández Álvarez, celebrado el día 29 de abril de 2006 en Nieles (Alpujarra de Granada), donde Manuel fue sacerdote.

Para más información sobre el acto y sobre Manuel Hernández: http://www.la-alpujarra.org/nieles/homenaje.htm

Manuel Hernández tuvo una vida corta pero tan intensa y fecunda que no le hizo falta más tiempo para servir tanto y tan bien a la Sociedad, especialmente a sus miembros más humildes y humillados. Y lo hizo desde el punto vista del Cristianismo más auténtico, siguiendo el ejemplo de Jesús, el hombre, más que el de Cristo, el ungido. No fue un curita buena persona que se acercaba a los pobres para consolarlos, fue un sacerdote comprometido, que vivió por el pueblo y con el pueblo, buscando la raíz de sus males para atajarlos con eficacia y combatiendo la injusticia desde su origen y no solo paliando sus efectos.

Manolo fue un hombre íntegro en todos sus aspectos, limpio, decidido, valiente y libre donde los haya, que desde su libertad personal luchó por las libertades de todos en unos tiempos en que eso de la libertad de expresión, reunión y asociación, que ahora parece tan sencillo, costaba un gran esfuerzo y entrañaba un peligro enorme.

No lo hizo solo. Con un equipo de sacerdotes del mismo talante, algunos de los cuales nos honran hoy con su presencia, ejerció lo que  yo llamo Pastoral vigilada por la Guardia Civil, en zonas muy representativas de la Andalucía profunda, primero en esta Alpujarra, pobre y empobrecida; luego, en la comarca malagueña de Antequera y Archidona, oprimida por un caciquismo secular. Evangelizó rompiendo moldes. Partiendo de que, como él mismo escribió, “los pobres aunque no sepan leer y escribir, sí saben pensar” les ayudó a hacerlo con sencillez y eficacia, editando libros y publicaciones al alcance de las mentes más sencillas. Les ayudó también a plasmar sus pensamientos en hechos: a organizarse en sindicatos, a conseguir su propio trabajo sin depender de los caprichos del patrón y a trabajar por una sociedad abierta, libre y democrática sin miedo a la crispación de los poderosos.

Pero un buen día, Dios lo llamó a través de una colecistitis complicada con pancreatitis aguda, mal del que muy pocos se salvan. Y él resistió, quería hacer más cosas y siguió haciéndolas en la medida en que sus decrecientes fuerzas le permitieron. Pero aquello continuó como si de un castigo se tratara: con una resignación ejemplar, conoció el propio dolor, sufrió los médicos, las medicinas, los hospitales, la cirugía y vivió el cariño y el apoyo de quienes él antes había apoyado. Por fin, al cabo de diez años se fue para  seguir trabajando desde allí por todo y por todos.

Y quien sabe si no ha puesto allí a curas, obispos, cardenales, beatos y santos a fundar cooperativas, o a escribir obras en lenguaje sencillo para ser leídas por quienes no leen. O les ha hecho remangarse hábitos y sotanas para trabajar, codo con codo, en la construcción de una carretera hacia la modernidad y el progreso de la Iglesia.

Hoy, la mejor forma mantener vivo el recuerdo y honrar la memoria de este hombre que, como ha dicho Ángel, “compartió con vosotros, las mismas gachas y el mismo pan; cuando lo había… y aquellas reuniones donde se hablaba de la vida, de vuestras vidas,  de vuestros problemas y sus soluciones”, es seguir su ejemplo y continuar su trabajo hacia la consecución de una sociedad más justa.

Juan Manuel Jerez

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