HOMENAJE A MANUEL HERNÁNDEZ EN NIELES. 29 DE ABRIL DE 2006

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Intervención en el acto de homenaje a Manuel Hernández Álvarez, celebrado el día 29 de abril de 2006 en Nieles (Alpujarra de Granada), donde Manuel Fue sacerdote.

Para más información sobre el acto y sobre Manuel Hernández: http://www.la-alpujarra.org/nieles/homenaje.htm

Manuel Hernández tuvo una vida corta pero tan intensa y fecunda que no le hizo falta más tiempo para servir tanto y tan bien a la Sociedad, especialmente a sus miembros más humildes y humillados. Y lo hizo desde el punto vista del Cristianismo más auténtico, siguiendo el ejemplo de Jesús, el hombre, más que el de Cristo, el ungido. No fue un curita buena persona que se acercaba a los pobres para consolarlos, fue un sacerdote comprometido, que vivió por el pueblo y con el pueblo, buscando la raíz de sus males para atajarlos con eficacia y combatiendo la injusticia desde su origen y no solo paliando sus efectos.

Manolo fue un hombre íntegro en todos sus aspectos, limpio, decidido, valiente y libre donde los haya, que desde su libertad personal luchó por las libertades de todos en unos tiempos en que eso de la libertad de expresión, reunión y asociación, que ahora parece tan sencillo, costaba un gran esfuerzo y entrañaba un peligro enorme.

No lo hizo solo. Con un equipo de sacerdotes del mismo talante, algunos de los cuales nos honran hoy con su presencia, ejerció lo que  yo llamo Pastoral vigilada por la Guardia Civil, en zonas muy representativas de la Andalucía profunda, primero en esta Alpujarra, pobre y empobrecida; luego, en la comarca malagueña de Antequera y Archidona, oprimida por un caciquismo secular. Evangelizó rompiendo moldes. Partiendo de que, como él mismo escribió, “los pobres aunque no sepan leer y escribir, sí saben pensar” les ayudó a hacerlo con sencillez y eficacia, editando libros y publicaciones al alcance de las mentes más sencillas. Les ayudó también a plasmar sus pensamientos en hechos: a organizarse en sindicatos, a conseguir su propio trabajo sin depender de los caprichos del patrón y a trabajar por una sociedad abierta, libre y democrática sin miedo a la crispación de los poderosos.

Pero un buen día, Dios lo llamó a través de una colecistitis complicada con pancreatitis aguda, mal del que muy pocos se salvan. Y él resistió, quería hacer más cosas y siguió haciéndolas en la medida en que sus decrecientes fuerzas le permitieron. Pero aquello continuó como si de un castigo se tratara: con una resignación ejemplar, conoció el propio dolor, sufrió los médicos, las medicinas, los hospitales, la cirugía y vivió el cariño y el apoyo de quienes él antes había apoyado. Por fin, al cabo de diez años se fue para  seguir trabajando desde allí por todo y por todos.

Y quien sabe si no ha puesto allí a curas, obispos, cardenales, beatos y santos a fundar cooperativas, o a escribir obras en lenguaje sencillo para ser leídas por quienes no leen. O les ha hecho remangarse hábitos y sotanas para trabajar, codo con codo, en la construcción de una carretera hacia la modernidad y el progreso de la Iglesia.

Hoy, la mejor forma mantener vivo el recuerdo y honrar la memoria de este hombre que, como ha dicho Ángel, “compartió con vosotros, las mismas gachas y el mismo pan; cuando lo había… y aquellas reuniones donde se hablaba de la vida, de vuestras vidas,  de vuestros problemas y sus soluciones”, es seguir su ejemplo y continuar su trabajo hacia la consecución de una sociedad más justa.

Juan Manuel Jerez

Trabajando por la igualdad

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UN PASEO POR UNO DE LOS FIORDOS MÁS ENCANTADORES DEL NORTE DE NORUEGA

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El fiordo de los Trolls (Trollfjord) está en las islas Lofoten, al norte de Noruega, en territorio sami, más conocido (incorrectamente) como Laponia. Allí la Naturaleza es plena, virgen, dura y cruda. Las imágenes las grabé en el viaje que hice por la zona en julio de 2009 (véase http://cid-e6448101285bcace.skydrive.live.com/browse.aspx/.res/e6448101285bcace!2045?ct=photos) y son una pequeña parte del video de todo el viaje.
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Cuando se trabaja por la igualdad

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PREGÓN DE LAS FIESTAS DE UGÍJAR (Granada). Octubre 1998

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“En el centro del centro de la Alpujarra” 

Juan Manuel Jerez Hernández

     Queridos vecinos de Ugíjar, que permanecéis aquí, disfrutando de nuestro pueblo y engrandeciéndolo día a día con vuestro trabajo.

Paisanos de la diáspora que habéis vuelto a reencontraros con vuestra identidad y aquellos otros que, estando lejos, soñáis con regresar.

Forasteros que venís a esta ciudad en busca de paz y diversión.


¡Amigas y amigos!:


Nací aquí y fui bautizado a los pies de la Virgen del Martirio, dí mis primeros pasos, y muchos que vinieron después, por estas calles, entonces empedradas y por eso no renuncio al derecho de llamarme hijo de Ugíjar. Y por eso mismo, a lo que no tengo derecho es a rehusar la invitación que me hizo en su día la comisión de fiestas para abrir esta feria entrañable, que no a anunciarla, porque las fiestas se anuncian solas: se notan, se sienten y se respiran desde mucho antes que se encienda el alumbrado.

Hoy ya es un día especial en Ugíjar desde que amaneció, quizás más temprano y con más luz, para dar tiempo a ultimar los preparativos. Hoy, todos los paisanos ya sentían desde muy temprano ese cosquilleo en el estómago, unos de emoción y alegría por la fiesta inminente, otros de tristeza porque sus obligaciones o la distancia no les permiten estar presentes.

Ugíjar ya está envuelto en ese inconfundible halo festivo que da otro verdor a los campos, más color en los secanos, mayor alegría en los naranjos, mejor olor en los jardines y otro sonido en el interminable fluir del agua de sus fuentes. Hoy es más limpio el aire, preparado para recibir a los miles de cohetes que han de surcar el cielo para honrar a la Virgen del Martirio, que aguarda, ya bajada de su camarín, el día grande en que volverá a salir a la calle con sus fieles.
Este humilde hijo de Ugíjar, investido hoy del alto honor de convertirse en su pregonero, se limita a dar fe, a constatar la apertura de un nuevo período festivo que se repite cada mes de octubre, cíclica y exactamente, sin buscar el porqué, como las estaciones del año, como el rebrote de las plantas, como la siembra y la cosecha, como la vuelta de la misma golondrina al mismo alero. Un período de asueto en las obligaciones cotidianas que viene a significar, cuando menos, unos días extraordinarios en que se come, se bebe se baila y se disfruta más de lo habitual. Pero también algo más, mucho más, porque las fiestas son el máximo exponente de la personalidad de un pueblo, el signo de su identidad, la denominación de origen o el marchamo que le da garantía de autenticidad.

Y fijaos bien que repito la palabra “pueblo”, sin ignorar que desde hace más de un siglo Ugíjar tiene categoría de ciudad, evocación de otras épocas de mayor esplendor aún, como bien nos lo recordaron aquí los Reyes de España hace ya cuatro años. Y digo “pueblo” con mayúscula, como término entrañable que aviva los sentimientos y los recuerdos:

De aquellos tiempos cuando la “Alsina” tardaba cuatro horas desde Almería, y desde Granada siete. Cuando los seis caños de la fuente del Arca manaban agua abundante y la proeza de los chiquillos era atravesar toda su longitud sin caer al pilar, cosa que no siempre se lograba. Cuando de niños jugábamos con las chapas de las gaseosas  “Iris” y “Victoria” a las puertas del Porvenir o de la taberna de Bartolo y la fuente de los Caños era muy alta para las estaturas de seis o siete años. Cuando el pueblo parecía que se acababa en el pasadizo, de la placetilla Guerra, donde la única contienda que se libraba era contra las avispas que volaban entre el agua y la ova de la fuente, con la incansable música de fondo del martilleo del herrador. Cuando camino de ese enorme farallón rojizo salpicado de cuevas, que siempre hemos denominado la Terrera, nos advertían que no debíamos acercarnos a las cañaveras, porque allí se escondían los mantequeros, lo que no impedía que cruzásemos el río por una tabla sujeta con alambres entre olor a mastranzos, buscando el barranquillo de los Diablos para ascender a todo lo alto, o internarnos en la Cará a buscar higos de cuello de paloma y ciruelas que parecían de cera, pero que sabían a miel y donde el eco hace que se oigan las campanas con la misma nitidez que junto al campanario. Cuando las mejores brevas del mundo, ralladas de madurez, estaban en el cortijo de las Breveras, donde nos recibía el mugido de las vacas a través del ventanuco de la cuadra, a nivel  más bajo que el camino,  y en la fuente de Cebollas manaban de la tierra borbotones de agua fresca camino de las Canteras, pasando por el Molino.

Cuando la fuente de la estrella no estaba alicatada e íbamos al pozo de la Virgen a mirar, a través de las rejas, las monedas que otros había arrojado pidiendo suerte, porque nosotros no podíamos permitirnos ese lujo. Y sacaban a San Antón de su ermita en procesión, repartiendo higos secos, y las ánimas cantaban y pedían para celebrar luego la subasta.

Cuando se barcinaba en mulo, se trillaba con rulos y cuchillas y se araba con el arado romano, que podían comprarse, venderse y admirarse junto al Ventorrillo en cada feria como la que ahora vamos a celebrar.

       Es el pueblo de fiestas con la arquilla del turrón partido a golpe de hacha y martillo, del soplillo morisco, de las yemas, los bizcochos y la calabaza y el boniato endulzados, conservando todo su sabor natural. Fiestas con olor a pólvora, churros, jazmín y ramas de pino que formaban arcos naturales. Es el Ugíjar del liberal, el puchero de cardos e hinojos y la piñata de figuelos, que jamás podrán imitarse fuera de este pueblo.

Es el Ugíjar de barrios y cortijadas de auténtica arquitectura vernácula alpujarreña y en cuyas esquinas quedan sombras de moriscos bajo los aleros de pizarra y entre la profusión de color de las flores que las alpujarreñas cuidan en cada balcón, como si quisieran convertirlas en improvisadas celosías, para ocultar sus encantos.

Y de tantos lugares entrañables por lo auténticos, tantas costumbres forjadas por esta gente humilde, trabajadora, sencilla y honesta que, con su esfuerzo y tesón, da vida a un pueblo, con mayúscula, lleno de tradiciones y sentimientos, de devoción y desahogo, haciendo rituales festivos hasta de las faenas del trabajo.

A su vez, la historia ha construido, a partir de la antigua Ulisseia, esta ciudad cargada de nobleza que, con toda justicia, fue capital de La Alpujarra rebelde y levantisca de Omar ibn Ahud y Mohamet ben Hud. Luego, desde el albacete de Uxixar, dio nombre a la más importante de las tahas alpujarreñas del reino nazarí. Señorío del Boabdil derrotado y después Alcaldía Mayor de La Alpujarra cristiana, protagonizando los más crueles sucesos de la guerra fratricida de 1568, producto de la intolerancia, que llegó a convertir a aquella Virgen del Rosario en la mayor y más noble mártir, patrona de todos ellos y de todos los pueblos alpujarreños, algunos de cuyos hijos siguen, cada catorce de octubre, disputándose, con gran vehemencia, el honor de llevar su trono.

 Ugíjar es pueblo en el corazón de sus gentes y ciudad por su categoría, comomu  de la importancia que tuvo y la alcurnia que conserva, visible aún en sus plazas y paseos, en sus casas señoriales, algunas blasonadas, con torres, tejado, patio, grandes portales, balcones y ventanales, mezcla de lo árabe y lo cristiano, lo rural y lo ciudadano.

Es Ugíjar la ciudad bulliciosa de comercios y servicios, que progresa sin mucha prisa pero sin detenerse, como corresponde a su espíritu señorial y, como las grandes capitales, se permite el lujo de recibir cada curso a los estudiantes foráneos y cuidar bien de sus mayores.

Pueblo y ciudad que los griegos, tras ascender por el río de Adra en busca del oro de la rambla de Dondurón, colocaron en el mismo centro de esta feraz tierra alpujarreña, en medio de las dos hileras montañosas que la atraviesan a lo largo y en el corazón de su parte central.

Ugíjar es el centro del centro de La Alpujarra, la llanura entre las montañas, el valle entre las ramblas, el vergel entre los secanos. Es el centro de la cultura alpujarreña, el eje de la tradición y el núcleo de donde parte toda la esencia de esta singular tierra.

Los que vivís aquí, con el mérito de dar vida a nuestro pueblo y garantizar su progreso, respirando su aire limpio, disfrutando de sus plazas y sus jardines y midiendo el tiempo a campanadas, tardáis más en haceros viejos, porque aquí nadie tiene prisa, pues nunca se llega tarde. Sois la envidia de todos los hijos errantes de Ugíjar que en estos momentos añoran este cielo y estos campos.


Hoy, en este centro del centro de La Alpujarra, llenos de ilusión y orgullo, tenemos la cita, como cada año, con la Feria de octubre, la fiesta más grande, que no la única, de este municipio fiel a su historia y a su cultura, fiesta inherente a las personas que saben vivir en sociedad, por eso es y tiene que seguir siendo colectiva y nunca patrimonio particular de nadie. Ni personas por su poder económico, ni grupos por su poder político deben arrebatar la fiesta a su legítimo dueño, que es el pueblo en su conjunto, sin diferencia de credos ni ideologías.


Durante las fiestas las personas se muestran como son, pero con más alegría, por eso estos días pueden ser la mejor ocasión para mirarnos a nosotros mismos y reflexionar sobre actitudes individuales y colectivas. Porque, estando todos más alegres se crea un ambiente en el que existe mayor disponibilidad al diálogo que debe ser aprovechada para solucionar problemas crónicos, desterrar enemistades y desechar actitudes regresivas que se oponen a la libertad, al progreso y a la convivencia.


¡Paisanos!:

Ya está aquí la fiesta de los toros, la música y los castillos, de los caballicos, los puestos y  las verbenas, de los deportes y los bailes regionales. Vamos a dejar a un lado las penas, a aparcar los problemas y darle rienda suelta a la alegría y la diversión, cogiéndonos de la mano los pobres y los ricos, los de izquierdas y los de derechas, los cultos y los ignorantes, los que tienen suerte y los desgraciados y… en esta cita anual con nuestra Patrona, pidásmole que, acrecentándonos bienes como la prosperidad, la cultura y la paz, nos libre de las plagas modernas como el desempleo, la droga, la corrupción, la insolidaridad y la intolerancia.


¡Paisanos!:

La Feria ha llegado de nuevo, no la hagamos esperar.


¡¡ Viva Ugíjar ¡¡

¡¡ Viva nuestra Virgen del Martirio !!

Crónicas de ayer y de hoy

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EL SEÑOR DEL CEMENTERIO DE GRANADA

 

 

Dedicado a mis amigos Isa y Alex, que en un día de otoño descubrieron al Señor del Cementerio durante un preventivo de Cruz Roja.

 

Juan Manuel Jerez.

Noviembre 2007

Cuando llegué a Granada, en mis ratos libres me dedicaba, entre otras cosas, a dar largos paseos por los lugares más recónditos y encantadores. Era otra Granada, de otoños oscuros y lluviosos e inviernos fríos de rápidos anocheceres. Era más tradicional, más clásica, menos ciudad. Más que un lugar era un estado de ánimo… Conservaba aún su aspecto romántico con recuerdos de Larra, Ganivet, Pedro Antonio de Alarcón y toda aquella pléyade que alternaban las tertulias en el Avellano y los paseos por los bosques de la Alhambra con actos y representaciones en el Teatro Cervantes. Cuando yo llegué ya no había teatro Cervantes, ni Pedro Antonio de Alarcón, ni Ganivet, ni Larra,…. Pero quedaban los “pregoneros”, últimos representantes de aquellos  personajes de sainete que morían irremisiblemente por el influjo de la moderna publicidad. Eran pocos pero se dejaban oír como canto de almuédano que sube las cuestas y baja a cauchiles y darros: “Laaaño lebriyoooo y arreglo paraaagua”, “manzaniiiilla de la cieeeeerra… yeeeerva pal estóoooomago…”, “Mieeeeel de cardera…”, “jiigos, albarcoques, malacatones…”, “Tooortas, toooortas de la Vihen…” “El afilaoooor…” Alternaban la calle con aquella caterva de saltimbanquis, ganapanes y mercachifles, contribuyendo, y mucho, a mantener el encantador ambiente sonoro de la ciudad que se oía desde cualquier elevación, mezcla de vocinglerío de barrio, gritos infantiles de placeta y ladridos de perros con fondo de campanas.

Aquellos paseos de otoño, sobre alfombras de hojas muertas, me llevaron al cementerio a través del Paseo de los Tristes y la Cuesta los Chinos, en aquella edad joven en la que aún no había motivos para que se encogiera el corazón al entrar en un camposanto.

1968

Me sorprendió la triste riqueza de los panteones con cruces de piedra y lujosas esculturas. Pero solo en la zona central, que más allá la cosa era más humilde: interminables hileras de nichos como estantes que archivan cuerpos… y almas. Y al final, un par de patios sembrados de caballones de tierra roja y algunas cruces de madera descolorida. En el último ni eso, era un campo yermo y solitario, seco, frío, donde solo crecían los yerbajos y el olvido, y rodeado por una tapia con orificios de bala, macabros recuerdos, tres décadas después, de la represión que siguió a la guerra civil. Mis dieciocho años comprendieron lo falso que es ese tópico de que pobres y ricos, grandes y plebeyos, amigos y enemigos son nivelados por la muerte. Allí y entonces, la muerte del pobre era más tiste que la del rico, y la del que tuvo otras ideas, más triste y más pobre aún.

Pero en el segundo patio, me llamó la atención una tumba. No era más fastuosa que las demás, incluso menos que algunas. Pero tenía más flores que todas. Una mujer mayor, enlutada y con gasa negra maldisimulando los hilos de plata de su cabeza, la contemplaba grave, quieta como de piedra, mirando fijamente; solo muy de cerca se podía apreciar el imperceptible movimiento de los labios musitando, quizás, una oración. Y también, de cerca, se apreciaba claramente que la mirada no se dirigía a la tumba sino a los pies de una estatua de piedra , de tamaño natural que, en el recinto del panteón, dirigía su mirada, ella sí, hacía la sepultura. Representaba un hombre con melena hasta los hombros, barba y una túnica que dejaba al descubierto hombro, hemitórax y brazo, éste ennegrecido. Ni aureola ni corona evidenciaban su santidad. No era proporcional al resto de la tumba, casi como un “pegote”, como puesto allí después, tras la reja que cercaba el panteón. Había una cruz sobre la tumba invadida también de flores y en su alta peana algunos exvotos. Quise preguntar a aquella señora sobre la sepultura, sobre su o sus ocupantes y por esa estatua, pero cuando iba a hacerlo, salió de su ensimismamiento, se santiguó, pasó su mano con ternura por el ennegrecido brazo desnudo de la estatua y se fue.

Volví al lugar en repetidas ocasiones, pues estaba en mi circuito de peripatetismo, algunas veces como antesala del Llano de la Perdiz o de la Silla del Moro, pues en aquellos tiempos de Iglesia y Dictadura, para ejercer intimidades con alguna moza había que recorrer buen trecho de monte y matorral. La tumba estaba siempre limpia, siempre florida, y casi siempre acompañada por alguien con devota y triste expresión que se despedía con abrazos a la estatua, otros la besaban, éstos pasaban la mano por alguna parte de ese cuerpo de piedra y, a continuación, la pasaban también por partes semejantes del propio cuerpo, aquellos hacía lo mismo con una flor o un pañuelo que después se llevan a sus casas a modo de reliquia.

1968

Nunca pregunté a los devotos por la causa del aquel fervor hacia la imagen o hacia el muerto. Era tal la compunción, la tristeza y recogimiento que mostraban, que no me atrevía a interrumpirlos. Pero como mi intriga crecía y, como entonces no había Internet para hacer consultas, decidí inquirir a la dueña de mi pensión, que para las cosas de Graná era una auténtica base de datos oronda, enlutada y un poco ordinaria.

Le comenté lo de la tumba, la imagen, las flores, los exvotos, los rituales. Lo misterioso que me había parecido todo:

- ¡Ah! -exclamó con naturalidad- es er Señó der cementerio. Hace milagros y la gente va a rezarle y pedirle cosas y las concede.

- ¿Quién hay enterrado allí?

- No sé, dicen ques duna familia mu rica questá en Madrí ¿Qué más da? Se le reza ar señor, no ar muerto.

- Y ¿Por qué está allí?

- Porque lan puesto. Padornar la tumba, supongo, pero hace milagros y la gente le reza, como sistuviera en la iglesia.

- ¿Y porqué tantas flores, es que es una familia rica?

- ¡Ca!, si dicen que la familia no viene, son mandas que le pone la gente.

No conseguí mucha más información. Casi todo el mundo conocía el fenómeno aunque nadie sabía ni historia, ni leyenda ni argumentos que pudieran explicarlo. La mayoría, gentes sencillas y creyentes, hablaban de ello con la naturalidad del convencimiento; algunos con misterio, otros con incredulidad y los menos, los más cultos y los clérigos, con cierto desprecio. Era la devoción de los humildes, de los pobres, de la gente sencilla, crédula y de poca instrucción, que daban y ofrecían cosas al señor, o al muerto, a condición y a cambio de recibir un favor o milagro o en agradecimiento de los recibidos: la curación de una enfermedad, la solución a un problema económico, las oposiciones de un hijo o de un novio…

Era una devoción paralela, extraoficial, pero no por ello menos devoción y, desde luego, mucho más popular que otras. La Virgen de la Angustias, patrona canónica de la Archidiócesis y de la ciudad, la Vihen de los granaínos, la que vive en la Carrera, era meta de todas las devociones, las populares y la oficiales. Prohombres enpingüinados portan varales y trono mientras gentes de todo tipo llevan velas, cantan, rezan… todo oficial, y popular pero con la bendición de lo oficial. Igual con el Corpus Christy. Más populares eran los tradicionales rezos ante el Cristo de los Favores en el Campo del Príncipe cada primer viernes de mes. Y algunas devociones colectivas más, todas reconocidas y conocidas por todos. Pero esto era algo distinto, solo una parte del pueblo, la más humilde por cierto, adoraba a este señor del cementerio, ¿o era Señor? ¿Era Cristo o cualquier varón sin divinidad alguna? No era fácil saberlo. Se trataba de un fenómeno religioso sin reconocimiento de autoridad alguna, sin divulgación, que mucha gente ignoraba en aquel tiempo de exuberante catolicismo. Algo que yo entendí raro, precario, minoritario, efímero.

Pasé mucho tiempo sin volver al cementerio hasta que empecé a hacerlo solo para entierros de familiares y amigos y no eran esas circunstancias para andar de paseo por los patios románticos, pues a quienes yo acompañaba en su último viaje no eran inquilinos para panteones de lujo. En todo caso no era agradable ir pasear a donde habías dejado para siempre a quien querías.  En la calle, en la prensa, en la radio, en ningún sitio volví a oir hablar del señor del cementerio.

He vuelto a subir a pasear por el camposanto bastantes años más tarde, cuando casi no quedan hojas para tapizar en otoño las calles de Granada, una ciudad de bosques de edificios instaurados por la especulación y el desbarajuste, rodeada de autovías y sembrada de rotondas. Los sonidos urbanos de vocinglerío de barrio, gritos de placeta y ladridos de perros, han desaparecido y desde todas las elevaciones de esta ciudad de colinas, solo se escucha el sempiterno ruido infernal de miles de vehículos, con fondo de sirenas, que repta, asciende y lo contamina todo. Los pregoneros, los saltimbanquis, ganapanes y mercachifles, esos personajes de sainete que daba vidilla a la ciudad, han sido borrados del espacio urbano y sustituidos por mugrientos aparcacoches y por botelloneros que riegan con orines placetas y callejones. Ya no subí paseando por la cuesta de los chinos sino a lomos de cuatro ruedas a través del camino que lacera el monte del Sol y el Aire, la Cudiat Alizar donde los árabes de antaño tuvieron el palacio solariego de los Alixares y los cristianos de ahora la casa de reposo eterno de San José, montera de la Alhambra, que, dicen, es el segundo camposanto más antiguo de España y forma parte de la red de cementerios históricos de Europa, administrado hoy por una empresa pública, inmune a la crisis porque tiene segura la clientela. El recinto ha crecido enormemente, ondulándose por las colinas y aprisionando los viejos restos del palacio árabe de los Alixares. Ya no quedan patios
sembrados de caballones de tierra roja y algunas cruces de madera
descolorida, t
odos están muy bien cudados, limpios, llenos de plantas y flores como agradables jardines costeados por sus inquilinos, que los pagaron antes de ocuparlos. La tapia de los fusilamentos también ha sido adecentada y con ese pretexto, retirada por el ayuntamiento la placa que alguien puso en recuerdo de las  cerca de 4000 víctimas asesinadas allí en tiempos de barbarie.

Era un viernes de otoño. Recordando mis paseos románticos de antaño entré en la necrópolis. La tumba del Señor sigue en el segundo patio, cubierta con macetas de aspidistras y cubos con claveles, margaritas, gladiolos, azucenas… En la peana de la cruz, cientos de exvotos manifiestan los agradecimientos de los fieles por otros tantos favores recibidos: mechones de pelo, juguetes, fotos, chupetes… muchos elementos infantiles que evidencian que son los niños y sus enfermedades quienes más favores reciben de tran extraño señor. Y la estatua, impecablemente limpia, salvo el brazo izquierdo con sus tradicionales manchas crónicas, vestigios de los miles de roces de manos devotas. De antes, porque ahora, el señor está prisionero en una recia y antiestética urna de cristal blindado para protegerlo del manoseo de los devotos. En un muro cercano, grandes lápidas de mármol oscuro exhiben las creencias y agradecimientos de algunos devotos en forma de poemas esculpidos en la piedra. Era una tarde fría, gris, mortecina, con unas nubes oscuras amenazantes de lluvia . Llegaban mujeres de mediana edad. Unas solas, otras en parejas, todas con el mismo ritual: rezaba, algunas ponían flores, todas terminaban pasado la mano por el frío cristal que protege al señor de los humildes como si de un poderoso se tratase.

2007

Entonces me enteré que allí está enterrado el médico Manuel Rodríguez Torres, a quien los fieles iba a rezar en agradecimeinto de los muchos favores que les hizo en vida y que, pooc a poco, aquel fervor por el filántropo fue tornándode en devoción a la escultura que preside el panteón que fue donado a la ciudad por los familiares. Dicen que todos los primeros viernes de cada mes, a las cinco de tarde, se reúnen para rezar el rosario. Luego se canta, se pide por los difuntos, se recitan oraciones… Y el blindado Señor del cementerio sigue tiñendo la conciencia de las gentes sencillas de un halo legendario de santidad y de milagro sin que lo reconozca la autoridad eclesiástica, sin que sepa exactamente a quien representa la estatua ni quien fue su autor, ni siquiera si es la imagen o el difunto que hay debajo quien concede los dones milagrosos y sin que ese fenómeno sea del dominio público, todo lo más de una vox pópuli callada y discreta, como en tiempos de las catacumbas, pero la fe es evidente, los devotos consideran santa a la imagen a la que tratan como si fuese el mismísimo Jesucristo ¿con qué advocación? Con la del cementerio. ¿Algún día figurará en el santoral? ¿Y habrá quien, en su honor, le ponga a sus hijos de nombre Cementerio? El tiempo lo dirá y la herencia cultural que se transmite de unos a otros y la extensión de esta extraña fe al margen de los dictados de la Santa Madre Iglesia y hasta de la propia lógica. El pueblo es así.


PREGÓN DE LAS FIESTAS DE LOBRAS, agosto 2005

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LOS PUEBLOS DE LOBRAS
Juan Manuel Jerez Hernández
27 de agosto de 2005

Excelentísimo señor alcalde de Lobras y Tímar.

Mayordomos de San Agustín que ostentan la máxima autoridad en las fiestas.

Queridos amigos y amigas de Lobras y de los cortijos y forasteros que nos visitan en estos días tan entrañables:

Al final del mes de las cabañuelas, y a la hora en que callan las cigarras, Lobras sale de su sosiego cotidiano para celebrar sus fiestas que, ya anunciadas a golpe de cohete y precedidas de una espléndida semana cultural, vamos a comenzar en este momento. Pero antes, si hay aquí alguna Mónica dése por felicitada, que mañana felicitaremos a los Agustines.

Porque estas fiestas vienen de la mano de San Agustín, hijo de Santa Mónica; filósofo, teólogo, el más grande de los padres de la Iglesia y uno de sus más eminentes doctores, que murió el 28 de agosto del año 430 siendo obispo de Hipona, ahora Annaba, importante ciudad de Argelia.

¿Y que tiene que ver Lobras con la Filosofía y la Teología?. Yo no lo sé. Así que, descendamos de los cielos de los santos y de los sabios para encontrarnos con lo humilde, lo sencillo y lo popular que es lo más característico de este pueblo.
El término de Lobras tiene la cabeza en el Fuerte de Tímar, su aldea hermana, y los pies a la altura de la Venta del Empalme en La Contraviesa, entre cuyos montes y barrancos se extienden sus brazos en forma de casi treinta cortijos y cortijadas. En el centro, recostado en un entrellano, el pueblo parece un golpe de cal en el mismísimo centro de La Alpujarra, con sus casas apiñadas para dejar más sitio al campo que las envuelve, verde de olivos, que producirán tan delicioso aceite; almendros, en espera de avareao, para regalarnos sus frutos con que elaborar el rico ajo blanco y la saludable horchata de almendra; salpicados de higueras y breveras, esperando el garabato para endulzarnos los desayunos. Rodean esta huerta, rojizas montañas de bolinas y retamas, barrancos de adelfas y cañaveras y un aire impregnado de aromas de tomillos, romeros y mastranzos. Lobras, más que un lugar es un estado de ánimo: silencio levemente salpicado de cantos de cigarras, trinos de pájaros y murmullo de agua; aires puros, aroma de hierba fresca y cocina de puchero. En donde el urbanismo ha llegado lo justo para vivir con comodidad, pero nada más, y donde nadie tiene prisa porque nunca llega tarde.

Pero vienen las fiestas y Lobras, como el ave Fénix, renace de sus cenizas. Se llena de gente y crece el bullicio. Propios y foráneos pueblan la plaza y las calles, llenas ya de luces y banderitas, y estallan los cohetes y suena la música. Se trasnocha, se canta, se baila, se come, se bebe y se gasta más de la cuenta.
Y es ahora cuando se encuentran todos los pueblos de Lobras. Y no me refiero esta vez a las casas, a las calles, a los campos, sino al pueblo, con mayúscula, compuesto por sus gentes, que configuran su personalidad y garantizan su futuro.

En Lobras hay varios pueblos: El pueblo de ayer, el que fue. Es aquel que comía solo lo que daba la tierra y pasaban menos hambre quienes tenían más obrás. El pueblo que labraba a mano, solo o a tornapeón, mirando al cielo con la esperanza de encontrar el clima favorable en cada momento para cada fase del cultivo. Cuando, aplicando la fuerza de su mano sobre la mancera, el hombre rasgaba con la reja la piel de la tierra en busca del pan de cada día, abriendo los surcos necesarios para extraer de sus generosas entrañas, sin abusos, lo que necesitaba para vivir. Y se cultivaba la cebada, el trigo y el maíz, para asegurarse las migas y las gachas de todo el año, completar la alimentación de los animales, base de la carne y los embutidos, que no los jamones, que éstos se vendían, y, si sobraba algún trigo o maíz, también se vendía para comprar al recovero lo que el campo no daba o el hombre no podía hacerse con sus manos.

Es el pueblo que tableaba con mulos y bueyes, mancajaba con frío y lluvia, regaba de noche a golpe de farol, segaba con la hoz en la mano bajo un sol de justicia; barcinaba con mulos y empalvaba en eras con el orden establecido por los números echados en el ayuntamiento. Allí se empezaba por esfalagar la mies y trillarla con trillos de rulos o de cuchillas, sobre los que los trillaores se paseaban con gallardía y con la arrogancia del propietario de un lujoso vehículo en el que invitaban a pasear a las mozas y a los niños. Y después a esperar que hiciese viento para aventar, lanzando al aire paja y grano, que caían separados entre sol, sudor y polvo. La paja a los herpiles y el grano se medía con la cuartilla, rasando con el raedor los de cebada y trigo, y colmando los de las semillas. No había kilos, sino fanegas, celemines, cuartillos, libras y arrobas.

El maíz, para que fuera del bueno se sembraba por San Marcos, el corriente, en San Antonio y por San Juan el que, para aprovechar más la finca y sacarle dos cosechas, había que plantarlo en el mismo sitio que los trigos, después de segarlos y resfriar la tierra. Y luego desfarfollaban en grupo, esperando que saliera alguna panocha pellizquera para ganarse el derecho de tirar un buen pellizco a quien estaba al lado o abrazar a todos si salía una colorá, por lo que había que elegir bien el lugar donde colocarse para poder pellizcar a quien se quisiera.

En verano se cogían los chirrines y el esparto, los primeros se llevaban al encargado de la romana y el segundo se cocía y se majaba para luego hacer tomisas, coseras, sogas y pleita para cestos, esteras, serones, capachos y aguaeras.
Eran tiempos de pocos propietarios con muchas tierras y muchos colonos con pocas, por lo que parte de las cosechas que se recogían había que llevársela al dueño, que no las trabajaba. Y dicen que hubo algún propietario que tenía dos cuartillas: una para medir los productos que recibía de los colonos y otra para medirlos cuando los vendía. No eran iguales, la primera era más grande de la cuenta, la segunda más pequeña. …Y había que callarse porque las cosas eran así.

Las mujeres, aprovechaban su visita obligada al lavadero para conocer todo lo que pasaba en el pueblo. Junto a la corriente de agua blanquecina con olor a jabón casero, hecho con sosa y aceite reutilizado, fluían historias de algunos novios que se había ido, de almas en pena, duendes, mantequeros y mal de ojo. Y algunos hombres más gatuneros, pasaban hacia arriba con la mal disimulada intención de ver algo semioculto de la anatomía femenina cuando ellas se inclinaban a enjuagar la ropa en la acequia. Después del trabajo, los hombres jugaban al paulo en alguna casa, a la pelota contra la pared de la iglesia o las charpas en las que casi siempre salía ganando el banquero. Y en enero se hacía el chisco de San Antón quemando trastos viejos para afrontar el invierno con espíritu nuevo. Y en Semana Santa se velaba al Señor de rodillas, por turnos, se sacaba la procesión y las mujeres hacían el pucherico con los ingredientes que había recogido pidiendo de casa en casa. Y en San Marcos se mataba al diablo apaleando una hoja de pita o una rama de lechetrezna. Y en el Corpus, se vestían todas las calles y se hacían altares con flores de gayumba, ramos de alisos y palos de pinos. Y en San Juan, todos se lavaban la cara y las piernas en la fuente antes de que le diera el sol al agua. Y en San Agustín, las fiestas eran más cortas y sencillas que ahora, pero más intensas: los músicos venían de Cádiar y había que darle alojamiento en las casas de los vecinos, con tal respeto y hospitalidad, que nadie empezaba a comer hasta que el músico estaba sentado a la mesa. En las onomásticas y otras ocasiones, se celebraban bailes en alguna casa, con músicos locales que tañían instrumentos de cuerda. Y las bodas se celebraban con buñuelos y vino y quien carecía de posibles, tenía que llevarse a la novia para evitarse la celebración.

Esa vida, menos compleja que la de ahora, ahogaba a las gentes: el trabajo, duro y poco rentable, iba disminuyendo, y ese pueblo tuvo que salir a buscarse la vida en otros horizontes más prósperos, procurándose ingresos estables y estudios para sus hijos.

Y surge otro pueblo más: el pueblo de hoy, de mejor economía y mayor añoranza. Es el Lobras de la diáspora, el que tiene sus hijos dispersos y vienen siempre que pueden a respirar su aire, a beber su agua, a cultivar lo que les queda de campo, más por nostalgia que por necesidad, a recoger su aceite, sus almendras… a reforzar su identidad y arropar con su presencia a los pocos que quedan aquí.

Ese es otro pueblo, con mayúscula. Los que están aquí todo el año, gozando de sus virtudes y sufriendo sus carencias. Quienes, después de toda una vida de duro trabajo mal recompensado, ya liberados de las desigualdades y de la pobreza, viven hoy sin más leyes y obligaciones que las que el día a día les va dictando, sin otras preocupaciones que sus plantas, sus animalillos y sus sementeras; los que barren sus puertas para que las calles estén siempre limpias, recargan de launa los terrados para que no se caigan, blanquean sus casas para que estén sanas y adornan de plantas los rincones y las ventanas para que la primavera cuelgue siempre de las fachadas. Son los que mantienen el pueblo con su esfuerzo cotidiano para que no muera.

Pero volvamos a San Agustín: En las Confesiones, que es su obra autobiográfica, le dice al Señor: "Concédeme castidad y continencia, pero no ahora mismo". Así que, vamos a hacerle caso al Patrón: pospongamos la formalidad y la mesura hasta después de las fiestas; entonces rezaremos a San Agustín y Santa Mónica para que aquí reine siempre la paz, la armonía, el progreso y la ilusión. Pero eso el martes, porque ahora vamos a divertirnos.

Pero antes, déjenme agradecer a los mayordomos que hogaño hayan tenido la amabilidad de contar conmigo para pregonar esta fiesta; al alcalde por permitirlo y a Rosendo y a Eusebio que me contaron tantas cosas de este pueblo.
Queridos amigos y amigas de Lobras y los cortijos, y forasteros que nos visitan: Las Fiestas han llegado de nuevo, no las hagamos esperar.

¡Vivan San Agustín y Santa Mónica!

¡Viva Lobras, Tímar, Los Morones y todos los cortijos!

¡Viva La Alpujarra!

 

Muchas gracias.

 

LECCION DE CLAUSURA PROMOCIÓN 2003-2006. Escuela Universitaria de Enfermería Virgen de las Nieves

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ASÍ APRENDÍ YO

Juan Manuel Jerez Hernández

Granada, 5 de junio de 2006

   

Sr. Vicerrector de la Universidad de Granada.
Sr. Director Gerente del Hospital Universitario Virgen de las Nieves, y demás
autoridades que presiden este acto, señoras, señores. Queridos, ya casi, ex
alumnos:

Inmerecido y no pequeño es el honor que los
alumnos de esta promoción me dispensan al haberme propuesto, por elección
democrática y anónima, pronunciar unas palabras a guisa de última lección de
este importante periodo de su formación que ahora finaliza. Decisión que les
agradezco profundamente.

Aún a riesgo de pecar de inmodesto, me ha
parecido oportuno contar algunos recuerdos de mi propio aprendizaje, que sirvan
para describir toda una época:

 Yo fui a una
escuela de niños, como todos los niños; de esas que se llamaban unitarias. No
sabíamos lo que significaba esa palabra, pero a mi siempre me recordó aquello
que tanto nos decían de Una, Grande y Libre, que tampoco sabía lo que
significaba, ni falta que me hacía porque yo, como todos los niños, y las niñas
también, no me preocupaba de saber lo que quería decir las cosas: las creíamos
y ya está. Porque lo que los maestros decían siempre era verdad, y lo que decía
los padres y lo que decían los curas. Si no creíamos lo que decían los maestros
éramos niños malos. Si no creíamos los que decían los padres —los nuestros—
éramos niños desobedientes. Pero si no creíamos lo que decían los curas —que
eran los padres de todos— cometíamos un pecado mortal y si esa noche nos
moríamos, íbamos al infierno. Por eso rezábamos siempre antes al acostarnos.

         Los niños de
familias bien iban a colegios de curas o frailes, que se llamaban de pago, los
colegios; y otros niños iban a grupos escolares, donde había muchas clases,
patio y el despacho del director y algunos también tenían niñas y maestras,
pero en otras clase, con otras escaleras, con otro patio y entrando por otra
puerta.

         Mi escuela, como
era unitaria, no tenía patios, ni maestras, ni escalera, ni director. Era una
sala grande con una pizarra vieja y dos mapas amarillentos y punteados de
cagaditas de moscas: uno con las Provincias Vascongadas, Castilla la Vieja,
Castilla la Nueva, y las demás regiones; el otro era un mapamundi que parecía
una manzana cortada por la mitad.

También estaba el Señor crucificado entre dos
cuadros: uno con el Caudillo y otro con el Fundador.

La clase olía a virutas de lápiz, a goma de
borrar y a colonia barata.

         El maestro se
llamaba don Diego. Tenía una regla que le decíamos la palmeta, era gruesa y
corta y no tenía números ni rayitas. No le hacían falta, porque Don Diego no
usaba la regla para medir sino para dirigir el rezo del “Yo pecador”, del
“Señor mío Jesucristo” y el canto de la tabla de  multiplicar. Pero la
mayoría de las veces la utilizaba para pegarnos en las manos cuando no nos
sabíamos la lección. A los niños más malos, además de pegarles con la palmeta,
Don Diego los encerraba en el cuartito, que no olía ni a virutas de lápiz ni a
goma de borrar, ni tenía en la pared los cuadros del Caudillo y del Fundador.

En aquella escuela había niños de todas las
edades, los más pequeños tenían la cartilla de los palotes y los demás,
enciclopedias con historias de serpientes que reparten manzanas y comen limas,
manzanas que pudren a otras, animales que bailan, burros que tocan la flauta,
árboles bondadosos, uvas restadas, galletas quebradas… Y el Cid con camisa
azul. También había historietas de lo que le pasaba a los niños malos. Por
malos.

 Entrábamos y
salíamos de la clase en fila, cantando canciones patrióticas. La que más nos
hacían cantar era una que decía algo de poner la cara al sol, de un alemán
imposible, de una primavera que se reía y de una camisa nueva que alguien bordó
en rojo.

Algunas tardes nos daban leche en polvo de los
americanos, que  venía en unos bidones grandes de cartón con letras
negras. Don Diego decía que estaban escritas en inglés, pero nosotros no
sabíamos inglés ni ningún idioma, porque los idiomas eran la confusión de las
lenguas que Dios puso a los hombres para castigar la soberbia, y el Pelaílla
decía que un tío suyo que se había ido a trabajar a Cataluña, contaba que allí
había gente que hablaba otro idioma y el Asensio que a lo mejor era por eso de
la soberbia, pero el Membrives decía que el Caudillo había mandado que en
España todo el mundo hablara el español y que eso era lo que había que hacer.

También celebrábamos las efemérides gloriosas.
Estaban: el día de la Hispanidad, el día del dolor, el de la madre, el del
estudiante caído, el día de la canción… Y en octubre nos hacían pedir dinero
para que los chinitos y lo negritos pudieran ir al cielo.

El día más importante era el 18 de julio, pero
como caía en medio del verano, no la celebrábamos en la escuela. La gente
cobraba la paga extraordinaria y todo el mundo se iba a pasar el día en el
campo y en las playas y había accidentes y ahogados y la gente decía que en el
18 de julio era un día de desgracias.
  

Los sábados también había escuela, por la
mañana y  por la tarde, pero salíamos más contentos porque al día
siguiente era domingo, y teníamos que descansar para que no nos pasara como a
los chinos. Ya en la calle, en vez de aquello de la camisa nueva, cantábamos lo
de: «Mañana es domingo / y se casa Jeringo / con una mujer / que tiene las
tetas como un alfiler. / Mañana es domingo / y se casa Jeringo / con una gitana
que tiene las tetas como una campana». Era una de las pocas obscenidades que
podíamos decir sin pillar un bofetón, pero, sobre todo, lo que teníamos claro
era que una cosa era una mujer y otra una gitana, lo mismo que había niños y
había gitanillos.

Algunos domingos, además de a misa, íbamos al
cine. Al gallinero que era más barato, pero nunca nos sentábamos en la última
fila porque los mayores decían que era la fila de los mancos.

La función empezaba siempre con una
peliculilla corta en blanco y negro, que se llamaba NODO y salía  el Jefe
del Estado inaugurando algo o entrando en una iglesia debajo de un techico que
le ponían los curas, por si había goteras, que decía el Pelaílla. Después del
NODO venían las películas de verdad, que eran de niños buenos o de niñas
graciosas o de hombres valientes.

En el verano éramos libres, como los niños
malos, y estábamos todo el día en la calle menos a la hora de la siesta.
Jugábamos con los trompos, con las canicas, y con las chapas de las gaseosas,
que habíamos rellenado con cromos de futbolistas o escudos de los equipos. Y
nos subíamos a las tapias y a las rejas y a los árboles, y nos reíamos de los
tontos y de los paralíticos y cuando alborotábamos más de la cuenta, los
mayores nos regañaban y decían que aquello parecía una república.

Y organizábamos peleas en las que valía todo,
menos arañar que era de gatos, tirar de los pelos que era de niñas y escupir,
que era de judíos. Los judíos eran unos hombres muy malos que mataron al Señor,
pero antes le escupieron, y martirizaban a niños buenos como San Dominguito.
Nunca habíamos visto un judío, pero les teníamos mucho miedo. También teníamos
miedo de los moros y de los negros, que no cre­ían en Dios. Pero los peores
eran los rusos que tampoco creían en Dios, pero, además, eran comunistas que
era lo más malo que se podía ser.

Los niños jugábamos con los niños y las niñas
con las niñas. Sin juntarnos, porque entonces nos decían que éramos mariquitas.
Y oíamos la radio que tenían puesta los mayores para escuchar los seriales y
los discos dedicados, y nos gustaba una canción de un negrito del África
tropical que estaba todo el día cantando mientras trabajaba en el campo y a
nosotros nos daba envidia porque ese sí que era libre, sin ir a la escuela, ni
hacer deberes, ni tener que aprenderse la tabla de multiplicar a palmetazo
limpio.
 

Cuando ya habíamos aprendido todas las
oraciones posibles y todos los himnos y todos los verbos, algunos fuimos al
Instituto. Era un edificio muy grande, con varios pisos, muchas clases, y
profesores y profesoras, y teníamos que ponernos de pie cuando entraban en
clase. Había muchas asignaturas y, además, las tres marías, que eran la
gimnasia y la Formación del Espíritu Nacional, que la daban unos hombres
arrimados al régimen, y la Religión, que la explicaban curas con sotana a los
que teníamos que besarle la mano.

Había institutos de niños e institutos de
niñas, y colegios de monjas, cuyas puertas solíamos rondar al salir de clase,
detrás de aquellos uniformes de faldas por debajo de la rodilla, bajo la severa
mirada de alguna monja tiesa y bigotuda. Y es que habíamos aprendido que
aquello de los niños con los niños y las niñas con las niñas ya no nos gustaba.

Los sábados por la tarde, que no había
instituto, jugábamos con los juegos de mesa o leíamos tebeos. Había tebeos de
niños y tebeos de niñas.

Fue entonces cuando apareció ese artefacto
nuevo que se filtraba en nuestras mentes, pero nosotros no le hacíamos mucho
caso porque nuestros padres no tenían dinero para comprarlo y seguían
gustándonos más los juegos,  los tebeos… y ser libres en la calle. Pero
poco a poco fue sustituyendo a los maestros y a los curas en eso de decirnos
como teníamos que pensar.

En el verano, íbamos a los campamentos del
Frente de Juventudes, donde estábamos siempre cara al sol, menos por la noche
que dormíamos en tiendas de campaña. Y aprendimos a llevar la camisa azul con
el bordado en rojo. A desfilar cantando “Montañas Nevadas” y “Prietas las
filas”. A levantar el brazo derecho apuntando a los luceros… Y a adorar al
Caudillo…y a las banderas de la Patria, que eran tres: una, roja y negra con un
cangrejo pintado en medio, otra blanca con una equis; pero la más importante
era la roja y gualda, nosotros la veíamos roja y amarilla pero el Membrives
decía que el gualda es el amarrillo de la bandera que era más importante que el
amarillo de otras cosas, el Pelaílla se reía de él y al final nos quedamos
todos sin saber lo que era el gualda.

Luego fuimos dejando los campamentos por los
guateques, que organizábamos en algún patio o en alguna cochera. Allí,
aprendimos a saber de cantantes y a bailar con los discos de los Brincos, los
Pekenikes, los Beatles… y las niñas se emocionaban oyendo a Julio Iglesias
balar como una cabrita.

Y por fin, aprendimos porqué a la última fila
del cine le decían la fila de los mancos.

En la Universidad, el gualda, que era
amarillo, el azul de la camisa y el rojo con que la bordaron, se difuminaron en
nuestra mente y ya todo lo veíamos en tonos grises.
 Aprendimos lo que eran los alborotadores y los
elementos subversivos y que, además de cantantes y cantaores, había cantautores
que cantaban unas canciones muy interesantes, tanto que incluso la policía
venía a oírlas. También aprendimos a entender lo que se quería decir pero no se
decía, a leer entre líneas y a enterarnos de lo que pasaba en España oyendo
emisoras de radio que no estaban en  España.

Hasta que de pronto todo cambió y tuvimos que
aprender cosas nuevas, como a votar. Y que ya no hay mariquitas, hay gays; no
hay gitanos, hay minorías étnicas; no hay moros, hay ciudadanos magrebíes; que
el negrito aquel que cantaba cultivando, no es tan libre como creíamos, es
víctima de la explotación infantil y que en el Ejército ya no se aprende a ser
hombre. Dicen.

Ya pasada, y casi olvidada, aquella juventud,
aprendimos a vivir otra vez con y como la gente joven. Y tuvimos que aprender a
escribir sin bolígrafo, a explicar sin pizarra a dar clase sin dar clase.

Qué duda cabe que en este aprendizaje, al
menos en sus etapas más recientes, vosotros no sois ajenos. Vuestra forma de
encarar la vida, vuestra ilusión y vuestra alegría, constituyen para nosotros
una buena enseñanza y, en no pocas ocasiones, también un ejemplo.

Por eso, hoy, al final de este periodo,
fundamental en vuestra formación, me permito aconsejaos que aprendáis lo más
pronto posible a asumir la responsabilidad de ejercer con honestidad, aptitud y
diligencia, la profesión para la que habéis sido preparados, sin buscar
pretextos para prolongar la dependencia de vuestros padres. Que mantengáis la
mente libre y abierta para estar siempre aprendiendo. Que deis más valor al
trato, al tacto, a la caricia y al respeto que al afán de grandeza o a la obsesión de
ser, o de parecer, importantes
.

Aprended también a pensar, a decidir vuestra
propias metas, a luchar por vuestros sueños, a no rendíos… y sabed que siempre
habrá mil razones para desanimarse, pero muchas más para no hacerlo.

Muchas gracias.

 
 
VÍDEO:
  
 
  
 

LECCIÓN DE CLAUSURA DE LA PROMOCIÓN 1996-1999. Escuela Universitaria de Enfermería Virgen de las Nieves.

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BREVE ANECDOTARIO DE UN PRACTICANTE RURAL

 Juan Manuel Jerez Hernández

  Excelentísimo señor Delegado de la Consejería de Salud, señor vicerrector de la Universidad de Granada y demás autoridades que presiden este acto, señoras, señores… queridos exalumnos:

            En cumplimiento del encargo de los hoy diplomados de leer la ultima lección del curso que clausuramos, diversas circunstancias me han hecho elegir el tema que, relacionado con la materia sanitaria, sirva cuando menos, para aumentar su bagaje cultural. Una de ellas es el reciente fallecimiento, de quien fue mi verdadero maestro en el arte de la vida, profesional y de la otra, a la sazón mi propio padre, en cuyo ejemplo pude apreciar las virtudes que deben adornar al profesional sanitario y el  aprendizaje integral, dándole importancia al libro y al dicho, a la técnica y a la creencia. De los relatos de los años que ejerció en el medio rural, duro y puro, he extraído las anécdotas que voy a referir. Permítaseme, pues la posible inmodestia de homenajearlo en este acto y, por extensión a todos los y las que pertenecieron a esa figura del antiguo Practicante en Medicina y Cirugía.

            Aclaremos previamente que se trataba de una titulación de grado medio a la que podían acceder hombre y mujeres y cuyos estudios estaban regulados por Real Decreto de 12 de agosto de 1904 a propuesta del entonces Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Iguales características reunía la titulación de Matrona, también denominada Profesora en Partos, que era solo para mujeres. La Enfermera, profesión exclusivamente femenina, tenía inferior rango, su acreditación consistía en un diploma expedido por las facultades de Medicina, tras un periodo de prácticas, certificado por algún hospital, que instituía la característica de Enfermera Diplomada, frente a otras que, con el mismo cometido y habilidades, carecían totalmente de estudios.

            El practicante era el técnico, cuya actuación, según bibliografía de la época, “ejecuta las prescripciones del médico con arreglo a ciencia”, mientras que “la enfermera —leo textualmente— es cualquier persona que hace lo que el médico ordena con arreglo a práctica”. El practicante trataba, la enfermera cuidaba.  El primero, pues, podía ejercer en todo ámbito donde hubiese enfermos y médicos que prescribiesen, incluso, en poblaciones pequeñas que careciesen de facultativo, relegadas sus funciones a intervención de urgencia, además, naturalmente, de ejecutar las prescripciones del facultativo más cercano, incluyendo la cirugía menor.

            La unificación de las tres profesiones en el título de Ayudante Técnico Sanitario, concilió, de alguna manera, la ciencia y la técnica con el arte de cuidar, consumada con la creación del actual título universitario de Diplomado en Enfermería.

           A principio de la década de los cuarenta, mi padre, al que ya le llamaban “don Fernando el practicante”, casado con “doña Carmen, la comadrona” y siguiendo el pragmático principio de si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña, tras ejercer en una capital de provincias inmediatamente después de un guerra civil, con sus secuelas de desabastecimiento y escasez, racionamiento de alimentos y mercado negro, que entonces se denominaba estraperlo, optó por irse a un pueblecito de la parte central de La Alpujarra, donde la pobreza era mayor, pero se estaba más cerca de la materia prima alimenticia.

            Pasó a formar parte de las “fuerzas vivas”, junto con el párroco y el alcalde, que también era el maestro. El practicante, pues, era la primera autoridad sanitaria de aquel municipio, a seis kilómetros de otro más grande, cabeza de partido judicial, de cuyos médicos y farmacéutico dependía y que, por ausencia de vehículos, había que ir andando o en mulo: una hora para ir a dar el aviso y otra para que llegase el médico si estaba disponible.

            Era una población rural dura y pura, de viviendas precarias y en estrecha convivencia con animales, sin agua corriente ni control en los abastecimientos públicos.

            En algunas había electricidad de poco voltaje, denominada la luz de Don Baldomero, pues procedía de una pequeña central hidroeléctrica ubicada en un río cercano, propiedad de un cacique local, habitante en el pueblo vecino, donde ejercía de abogado, además de diputado provincial y con fama de estar loco porque decían que hablaba solo, según información de la criada que lo veía ensayar ante el espejo los discursos que luego pronunciaría en sus menesteres políticos. Cuando alguien en la aldea cometía alguna torpeza se le decía que tenía menos luces que la fábrica de Don Baldomero, pues en el verano, con el estiaje, disminuía el caudal del río con el consiguiente enletecimiento de las turbinas y la menor producción de electricidad. En otoño, las hojas caídas de los árboles obstruían las turbinas y en lo más crudo del invierno, la congelación de los veneros de altura que abastecían el río, disminuía también el caudal, por lo que quienes podían contratar la luz tenía al final que alumbrarse con los clásicos candiles de aceite reutilizado. Al parecer, eso de las pocas luces de algunos políticos no es exclusivo de nuestros días.

Con noches tan largas, no era extraño que el índice de natalidad fuese alto, existiendo, además, una cierta longevidad, a pesar de la dieta estaba mayoritariamente limitada a grasas animales y cereales, con escasez de proteínas. De ahí la cancioncilla que decía:

“Cortijerilla la quiero / que tenga  buenos jamones / que de esas cortijerillas / nacen los cortijerones”.

Al expresar sus aspiraciones amorosas, aquellos hombres, a pesar del posible doble sentido que pudiera tener la estrofa, eran conscientes de que crecían mejor los niños alimentados con proteínas que los engordados con grasas y harinas, pero lo pobres que podía criar algún cerdo, vendían los jamones que eran más lucrativos y se quedaban con las grasas de mayor valor energético para el trabajo duro y a la intemperie.

Aunque la embriaguez no era frecuente, el consumo de alcohol era casi constante desde por la mañana, en que se mataba el gusanillo del ayuno con aguardiente seco. El vino no era solo una distracción, sino también fuente de calorías… y calorcillo. Será por eso por los que se decía que:

– “En la Alpujarra, tocan a misa con una jarra

El tabaquismo era también alto, constituyendo el principal signo de masculinidad adulta, de ahí que se buscara novia con esta cancioncilla:

 Quiéreme, niña hermosa, / que soy del campo / y gano una peseta  / para tabaco

Cuando nació, el primer hijo de Doña Carmen y Don Fernando, en el lavadero —ágora femenina por excelencia en todos los pueblos— se comentaba la desgracia  de aquella joven pareja: —“el niño era precioso, pero no tenía costra en la mollera”; por lo tanto, podría morir pronto o, en el mejor de los casos, quedarse tonto.

Como había costumbre de no lavar a los niños la cabeza hasta que se cerraran completamente las fontanelas, se iba creando una costra de suciedad en el cuero cabelludo que según creencia local era natural, normal e imprescindible para la protección del encéfalo (los sesos, que decían allí). Cuando se les explicó que el niño carecía de  costra porque su madre, la comadrona precisamente, le lavaba la cabeza a diario, junto con el resto del cuerpo, tacharon de  temerarios al matrimonio que tenían por culto, y cuando doña Carmen la comadrona comenzó a lavar la cabeza de todos los niños que nacían en el pueblo, no la acusaron de roja (que entonces era lo más malo que se le podía decir a una persona), porque allí no había Guardia Civil para detenerla, pero llegó a conseguir que ningún niño del pueblo volviera a tener costra.

En esas circunstancias no sería raro que se pudiera contraer alguna infección meningoencefálica con manifestaciones neurológicas como convulsiones, posturas extrañas, fiebre, coma e incluso, la muerte. Para dar explicación a esos extraños fenómenos, tenían a Filomena la Pilindra.

Era ésta una mujer de mediana edad, pero envejecida por la intemperie y el sufrimiento, y con gesto de resignación. Se decía que hacía mal de ojo hasta el punto que ella mismo lo creía, temiendo, incluso practicarlo de forma involuntaria. No estaba condenada al ostracismo absoluto, pero era tratada con cierta prevención, procurando no coincidiera con niños, que son la población más susceptible. Ella misma observaba voluntariamente tales precauciones.

Cuando Filomena con motivo de alguna enfermedad, necesitó ir a casa del practicante a ponerse unas “inderciones” procuraba anunciar su visita en voz alta desde la calle, con el fin de que escondieran al niño, lo cual no conseguía, por lo que entraba en la casa con la cara vuelta para no cruzar su mirada con la criatura. Hasta que un buen día, el practicante la obligó a coger al niño en brazos y pasearse con él por todas las calles del pueblo.

La comidilla de las comadres fue larga; todos decían que a D. Fernando se le había ido la cabeza y esperaban pronto los nefastos resultados de tal atrevimiento, pero al ver que pasaba el tiempo y el pequeño seguía no ya normal, sino mas sano que el resto de  los niños, nadie volvió a desconfiar de Filomena la Pilindra, siendo plenamente reintegrada al entorno social.

Luego aparecieron fiebres tifoideas. El practicante y la matrona, ante el primer brote se vacunaron. Surgió enseguida la pregunta general: -¿cómo doña Carmen y don Fernando que entran en casa de todos los enfermos no contraen la enfermedad? …Y la respuesta inmediata: -“por la noche se sacan la sangre y se la lavan”. Al final consiguieron instaurar un programa de vacunas para toda la población y adiestrados en las medidas higiénicas más elementales que, naturalmente, no consistían en lavados nocturnos de sangre.

A pesar del aire limpio de aquellas tierra, no eran raras las enfermedades respiratorias, cuya terapéutica popular era la aplicación de cataplasmas, emplastos y rubefacientes; remedios científicos, contenidos en los tratados de la época: las cataplasmas eran compuestos de leche o cocimientos de plantas con sustancias diversas que se extendía en un lienzo para aplicarlos sobre la piel, los emplastos medicamentos sólidos formados de cuerpos grasos o resinas, que se extendían sobre la piel una vez licuados.

Los rubefacientes tenían como objeto producir en una región determinada un acumulo de sangre por irritabilidad de la piel con objeto de lograr el efecto contrario en otra parte contigua.

Entre ellos destacaban la aplicación tópica de calor con algunas harinas (sinapismos) y las ventosas, que podían ser secas o escarificadas. Su mecanismo era aplicar una presión negativa sobra una zona de la piel para atraer a ella la sangre mediante campanas de vidrio conectada a una pera de goma o una bomba de vacío.

Con las ventosas escarificadas, además de la congestión citada se obtenía la extracción de la sangre acumulada y con ella, supongo, los malos humores y miasmas, causas físicas de las enfermedades al decir de la gente.  Las formas de lograrlo, dejando atrás las clásicas sanguijuelas, iban desde el simple bisturí o la lanceta en forma de grano de avena, hasta el escarificador alemán, verdadero mecanismo, sofisticado para la tecnología de la época, de hacer varios cortes en poco tiempo y con el mínimo dolor.

El saber popular utilizaba esos medios a su manera, ignoro si antes o después de ser sancionados por la ciencia. Así había cataplasmas  de talegas de molluelo (bolsas llenas de salvado caliente) y emplastos de boñigas de mulo o de heces de vaca, ideales estas últimas por su forma plana y consistencia blanda, con mayor capacidad de adaptarse al tórax.

Yendo más allá en la intención terapéutica popular, se colocaban sobre la piel del pecho emplastos de tortilla de patatas y otras sustancias alimenticias en la creencia de que la nutrición percutánea del enfermo, mejoraría su estado.

Estas aplicaciones en manos de la superstición y el curanderismo, tuvieron sus funestas consecuencias, siendo causa de la aparición de los mantequeros, esos malvados personajes con los que han sido asustadas varias generaciones de niños, se representaban mal encarados, solitarios y taciturnos, y que casi todo el mundo refería haber visto alguna vez.

Aquella figura, surge de la creencia de que los tísicos (enfermos de tuberculosis pulmonar) se curaban con la aplicación de emplastos de mantecas de un niño sano acompañados de la ingestión de su sangre, aún caliente.

Se ignora cuantos casos reales pudieron suceder, pero el tema surgió a la luz pública a partir del conocido crimen de Gádor, acaecido, precisamente en los confines orientales de la Alpujarra, donde un grupo organizado de personas, al mando de un curandero local, secuestraron y asesinaron a un niño rollizo y bien nutrido, para aplicarle sus grasas y sangre a un enfermo a cambio de un buena suma de dinero. El asunto fue conocido tras la detención, condena y ejecución de los culpables a garrote vil, y difundido por toda geografía patria a través de los romances de ciego, con la consiguiente alarma social.

No se conocieron en la zona que comentamos casos reales de “mantequerismo”, pero sí la idea afianzada de que estos personajes acechaban permanentemente escondiéndose en las cañaveras y bastaba ver merodear por el pueblo a un desconocido desaliñado, para que cundiera el pánico en toda la población.

Frente la maldad de algunos personas, estaba la bondad de los santos. Aparte de al patrón oficial de cada pueblo, a la Virgen y al Señor, que se le pide de todo, determinados santos eran más devocionados por sus cualidades sobre ciertos males. En este pueblo, cuyo patrón es San Bartolomé, hay otros dos a los que se adora casi con categoría de copatrones. San Blas, tiene facultades para curar los males de garganta, para lo cual había que ponerse en el cuello un cinta previamente bendecida por el cura en presencia de la imagen, ritual que solamente se hacía el día 3 de febrero durante la procesión, por lo que había que hacerse con la cinta para todo el año. Pero si el mal no era una faringitis, sino una atragantamiento, en ausencia de la cinta se dan unas palmaditas en la espalda, diciendo: —“ San Blas, San Blas”. Algo así como la maniobra de Heimlich, pero en divino.

Otro santo curador era San Marcos, patrón de los animales domésticos destinados al trabajo (mulos, toros, vacas), pues para los de consumo (gallinas, cerdos) estaba San Antón. El instrumento terapéutico de San Marcos, es un rosco de pan, mas bien duro, que, también pasado por el ritual de la bendición se convierte en talismán para alejar enfermedades de las caballería… y yo creo que de sus dueños. Por eso en la procesión sigue habiendo aún un afán, a veces desmedido de acaparar roscos, como en otros ambientes atesoran medicina.

Para los males de la vista se le rezaba a Santa Lucía, para los males de los pechos había que encomendarse a Santa Agueda, a Santa Barbara, contra la muerte súbita, además de contra las tormentas con aparato eléctrico.

Con muchas creencias y supersticiones tuvieron que luchar aquellos antiguos practicantes rurales, acumulando sabiduría popular y ciencia, y sobre todo abnegación y entrega, que a veces, desde nuestras ínfulas universitarias, minimizamos y hasta satirizamos con apelativos como “pinchaculos”, a los fueron no antecedentes de nuestra actual profesión, sino pasos anteriores, otras formas de ejercer la sublime tarea de la asistencia al que sufre.

Muchas gracias.

LECCION DE CLAUSURA. ESCUELA UNIVERSITARIA DE ENFERMERÍA VIRGEN DE LAS NIEVES. PROMOCIÓN 1992-1995

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LA SALUD EN EL LENGUAJE POPULAR: DICHOS REFRANES Y CANCIONCILLAS

Juan Manuel Jerez Hernández

Granada, 22 de junio de 1995

             Ilustrísima señora Delegada de la Consejería de Salud en Granada y demás autoridades que presiden este acto. Señoras, señores, queridas y queridos ex…alumnas y ex…alumnos:

            Me ha correspondido pronunciar la última lección del curso que hoy finalizamos y agradezco profundamente a la Dirección de la Escuela haberme propuesto tal honor, pues ello, como quien aprovecha las despedidas agotándolas hasta el último momento, supone la ocasión de prolongar al máximo mi relación profesional con los alumnos de esta promoción, con la que me unen lazos de empatía.

            Durante el periodo de formación, se ha utilizado un lenguaje especializado, imprescindible para el profesional; pero no se puede obviar la existencia de otro léxico, llano y sencillo, mas apropiado para hacernos inteligibles con la gente del pueblo, quienes van ser a partir de ahora el objeto de nuestras actuaciones profesionales. Porque ¿que pasaría si a un hombre de campo le decimos que, "según las etiquetas diagnósticas de la taxonomía de la NANDA, usted padece un déficit de confort relacionado con una dilatación de los vasos sanguíneos de la porción distal del recto"? pues, probablemente decidiría vender el tractor y la vaca para ir a ese hospital donde han operado a Carlos Cano, a ver si le salvan la vida a él también. Pero si le decimos: "Mal se sienta y mal se siente, quien almorranas tiene", probablemente entenderá mejor cual es su mal y las medidas paliativas necesarias.

            Pensando en ello, y para intentar conectar con la cultura popular a la que tanto debemos, he elegido como colofón del presente curso académico, un epítome sobre LA SALUD EN EL LENGUAJE POPULAR, expresado en DICHOS, REFRANES Y CANCIONCILLAS, que por la brevedad que exige este acto, han sido estrictamente seleccionados de un mas amplio trabajo etnográfico.

            De todas las formas de la literatura oral, los refranes son el exponente más exacto y transcendente de la filosofía popular. Son vehículos de expresión dentro del contexto de la cultura, pues constituyen un método útil de definir o concretar situaciones, ya que usa un léxico sencillo, llano, gráfico y fuertemente expresivo; pero que no responden a una aguda intuición, sino que sintetizan experiencias repetidamente comprobadas.

            Cada refrán tiene dos partes, de manera que al decirlo se le imprime un ritmo similar al del pareado. En la primera parte se presenta la situación, y en la segunda, se extrae la conclusión. Por ejemplo: "Aguja fina, saca espina”. De cada uno de ellos se desprende siempre una consecuencia práctica, de orden moral o de conducta.

            No conocemos su origen exacto, pues para ello sería preciso remontarse hasta tiempos donde nos falta el testimonio escrito y cuando llegásemos a la expresión romanceada más primitiva, a lo mejor descubríamos que ésta es el trasunto de otra forma más primitiva aún, en la que podrían estar los refranes.

            Lo cierto es que el uso de los refranes, con las lógicas fluctuaciones a través de las épocas,  no ha decaído nunca, pues es una figura viva, que se adapta al lenguaje y contenido de cada tiempo.

            Naturalmente, entre tan amplio bagaje de sentencias, no podían faltar las relativas a la salud, en sus mas variados aspectos, ya que es un tema que preocupa a la población y sobre el que es fácil dogmatizar.

            Cuando la salud se pierde y viene el desánimo, es difícil recobrarla, por eso el pueblo opina que: "La mayor salud, o señal de ella, es desearla el enfermo".

            Pero ésta se evidencia principalmente en la normalidad de las funciones del organismo: "Quien caga duro, bebe fuerte y mea claro; no necesita médico ni boticario".

            Pero cuando los problemas vienen, solemos acordarnos de Dios y los santos: "Salud perdida, velas encendidas; salud recobrada, velas apagadas".

            El frío es un agente lesivo importante, por eso aconseja este refrán: "Si quieres llegar a viejo, abriga bien el pellejo". Si bien, cambiar de clima es saludable, por eso nos dicen: "El solo mudar de aires cura muchas enfermedades".

            Pero, sin lugar a dudas, lo que más influye en la salud es la alimentación, de cuyos excesos nos advierten muchos adagios como éste: “Mas vale quedar con gana, que estar enfermo mañana", pues ya se sabe que: "Más de cenas que de penas, están las sepulturas llenas”.

            El reposo del aparato digestivo constituye la mejor terapia para la consecuencias de los excesos: "Comer hasta enfermar, ayunar hasta sanar", incluso es útil para remediar otros males; por lo que se dice: "Dieta y no recetas y tendrás salud completa".

            Claro que en eso de la racionalidad en la comida no conviene pasarse, como se advierte en esta descriptiva sentencia: "Con las malas comidas y peores cenas, menguan las carnes y crecen las venas".

            Tan importante como la cantidad, es la variedad de los manjares, pues cada uno de ellos tiene sus propiedades, así explica la sabiduría popular el aporte proteico de la carne, el calórico de los hidratos de carbono y… las "ventajas" del alcohol: "La carne pone carne, el pan pone panza y el vino guía la danza".

            Tras comidas relativamente copiosas, como suele ser el almuerzo, se requiere reposo, por eso la más fuerte se hace al mediodía: "Después de comer, dormir; después de cenar pasos mil", porque acostarse sin digerir la cena no es saludable, ya que: "El buen comer y el buen dormir, juntos no suelen ir".

             Para digerir bien los alimentos es necesario comer sin prisas; clásicamente se ha entendido que "El yantar y el vaciar, despacio se ha de tomar", referido también a la evacuación intestinal, cuyo funcionamiento es regulado por algunos alimentos, tanto en la evacuación de sólidos: "Entre el arroz que atrapa y las uvas que sueltan, está la cosa resuelta", como en la evacuación de gases: "No comas judías cuando hayas de andar entre gente de cortesía".

            La importancia de la reposición hídrica es notoria y, desde luego la mejor bebida, y la más barata, es el agua, como se afirma en este adagio: "Agua no emborracha, ni enferma ni entrampa". Claro que para ello debe reunir sus conocidas características organolépticas, por eso el refranero dice: "Agua que mucho huele y a algo sabe, que otro la trague".

            Importante papel en la salud juega el alcohol, sobre todo el vino, pero siempre que se tome como aconseja esta sentencia: "El vino poco, puro y a menudo".

            Sobre sus bondades se ha dicho mucho, pero resumamos en esta máxima la importancia que el pueblo le confiere: "En Jerez de la Frontera, tienen por boticas las bodegas". Bien es cierto que entre sus cualidades está la de vencer la timidez y estimular la locuacidad, por ello la cultura popular sentencia: "En cada botella de vino, hay un Castelar escondido", en ingeniosa alusión a aquel político de finales del pasado siglo cuyos célebres discursos aún se tienen por modelo de elocuencia.

            Claro que entre ganar elocuencia y perder la razón, hay un paso muy corto, ya que: "Bebido el vino, perdido el tino". Pero los perjuicios de esta bebida son mas graves, como tajantemente afirma este refrán: "Baco a muchos ha matado, Neptuno a ninguno". Claro que para minimizar los efectos del alcohol, lo adecuado es procurar su pronta eliminación: "Quien no sepa mearlo, no debería catarlo".

            El descanso es otro de los factores imprescindibles para conservar la salud, por eso se dice que: "El sueño es media vida y la otra media, la comida". Pero aquí también los excesos son malos: "Deja la cama al ser de día y vivirás con alegría".

            La relación entre la constitución del organismo y el carácter de las personas también es recogida por el refranero. Así el tamaño de la cabeza, no es proporcionar a la inteligencia, pues dice el refrán: "Cabeza grande y gran cabeza, son dos cosas muy diversas".

            El tamaño de la nariz parece tener relación con la masculinidad; así se dice que: "Hombre narigón, mujeriego y burlón", mientras que lo contrario no se considera virtud: "Con chatos y beatos, no quiero tratos".

            A la mujer nariguda se le supone un temperamento hombruno, por lo que la característica contraria es signo de feminidad, al menos en el aspecto físico: "A gran chatera, gran pechera" y  de un carácter más agradable: "Chatunguilla, desenvuelta y graciosilla".

            A las personas grandes se les considera más pasivas y noblotas: "Hombre granducho, hombre blanducho", mientras que a las pequeñas se le atribuye un carácter mas activo: "Hombre chico, mas que hombre es mico", pero malicioso, como se afirma en esta expresiva aunque lacónica sentencia: "Hombre chico, venenico"; no en balde hombres que en la Historia se han caracterizado por su carácter dominante han sido de talla pequeña, como Napoleón, Hitler, Franco… y José María Aznar, lo cual no nos sorprende si tenemos en cuenta que: "La pimienta es chica, pero pica".

            En la mujer se relaciona la anchura de las caderas con la capacidad reproductora y, sobre todo, la facilidad a la hora del parto. A eso puede referirse esta coplilla recogida en la zona alpujarreña de la Contraviesa:

" Cortijerilla la quiero / que tenga buenos jamones,/ que de esas cortijerillas / nacen los cortijerones".

            Bien es cierto que también puede referirse al mayor tamaño y fortaleza de los niños que son alimentados con una dieta rica en proteínas, que los que se criaban con grasas e hidratos de carbono, como era habitual entre la gente pobre. Pero el doble sentido es una constante en los dichos de esa singular tierra.

            El defecto contrario se expresa en esta otra canción popular en la que el novio dice a la novia:

" Aunque tu padre nos dé / la huerta y la mula blanca, / no me he de casar contigo / porque eres estrecha de ancas."

            Esta amplitud  de caderas hace que la marcha sea oscilante, moviéndose las nalgas a ese compás, lo que resulta excitante y hace exclamar: "¡Ea, ea! Que la que mucho culo tiene, bien lo menea".

            No es parco el refranero cuando se refiere a las etapas del ciclo vital humano:

            El primer acto tras el nacimiento es llorar: "La pulga nace saltando y el hombre llorando". Pero el elemento vital del infante es la alimentación, por eso: "Criatura de un año, saca leche del calcaño", refiriéndose al gran apetito de los niños de corta edad. Más concreto es éste: "Cuando el niño quiere dientecer, querría las hiervas pacer". Claro que durante la dentición se suele producir un mal estado general en muchos niños, que este refrán refleja algo exageradamente: "Cuando el niño dientece, la muerte le acomete".

            La pubertad en el joven se manifiesta, entre otros caracteres por el bozo, ese bigotillo de pelusa al que maliciosamente alude un refrán celestinesco: "Moza, guárdate del mozo cuando le sale el bozo".

            En la mujer es la turgencia de los pechos: "Cuando a la moza le apuntan las tetas, ¡zapateta!".

            Es entonces cuando comienza la atracción sexual, por eso se advierte: "Habla el mozuelo con la mozuela y el diablo le hace la rueda".

            Las manifestaciones de cariño mas frecuentes en las relaciones entre adolescentes son los besos, placer poco malicioso si no fuera porque: "Dar un beso es muy justo, lo malo es tomarle el gusto". Por eso el saber popular advierte: "Besos no rompen huesos, pero son camino de otros excesos".

            Sobre la sexualidad hay gran cantidad de proverbios, pero los resumiremos en éste en que la sabiduría popular aconseja sobre la frecuencia de las relaciones: "Una vez al año, ni a los viejos le hace daño; una vez al mes, es tratarse a lo marqués; una vez a la semana, es cosa sana, dos veces por semana, ni mata ni sana; y una vez al día, es una porquería".

            Pero abusar del sexo tampoco es bueno, por eso dice esta lacónica advertencia: "Date a eso… y te quedaras en los huesos".

            Sería lógico que el comienzo de la atracción sexual y de la capacidad de procrear determinase la edad del matrimonio, tal y como pide la moza que exclama: "Madre, al vasar llego; marido quiero". Pero la realidad es que el momento de casarse se decide por razones familiares, sociales y económicas, que se resumen lacónica y sentenciosamente en este refrán: "Él cuando sepa ganar, ella cuando sepa gastar".

            Para unirse en matrimonio, es conveniente que ambos miembros de la pareja tengan edades similares y haya ciertas condiciones económicas, porque si no, puede ocurrir que: "La que casa con viejo rico, buenos días y malas noches y si es con joven pobre, malos días y buenas noches". Y en todo caso, las edades extremas no son buenas, porque: "Viejo que casa con niña, las diña".

            En cuanto al embarazo, cuando es deseado se soporta todo, por eso se dice "Bendito sea el mal que a los nueve meses se ha de quitar". Claro que a veces se produce como consecuencia de deslices ocasionales, como los anunciados en esta calculadora sentencia: "La que anduvo de fiesta en carnaval, en noviembre llorará".

            Las primeras evidencias del embarazo son los cambios que se producen en el cuerpo de la mujer, por eso se dice: "A la que está encinta, se la conoce por la pinta". La embarazada entonces hace sus cuentas para determinar la fecha probable del parto, pero, independientemente de ellas, éste se produce cuando el hijo está en condiciones de salir, como intuye este proverbio: "Bien cuenta la madre; mejor cuenta el infante".

            Cuando el parto es complicado, se recurre a la ayuda divina. El patrón de las parturientas es San Ramón Nonato, por lo que no es raro oír suplicar: "San Ramón Nonato, ciérrame la boca y ábreme el papo". O en la zona de Sigüenza, de la que es patrona Santa Librada que además se la tiene por protectora de los partos difíciles, suele exclamarse: "Santa Librada, ¿porque no es la salida como la entrada?".

            Las ventajas de la lactancia materna siempre han sido incuestionables, por eso se dice: "Madre, la que lo pare y más madre todavía la que lo pare y lo cría", aunque ello no sea nada placentero para la madre, ya que: "Cada chupetón de teta es un arrugón de jeta".

            La menopausia se manifiesta principalmente por la falta de la regla en la mujer, por eso se dice "A los cincuenta, ya no hay cuenta". Pero en el hombre ese declive es más tardío, pues ya sabemos que: "El viejo pierde el diente, antes que la simiente". Aunque a cierta edad, hay que andarse con cautela porque "Ofrecerse a Venus, el viejo es cumplir mal y arriesgar el pellejo".

            La vejez es época donde suelen surgir bastantes problemas de salud, algunos de los cuales predisponen a la muerte: "De los mozos mueren algunos, pero de los viejos no escapa ninguno. Por eso hay que prevenir los males que pueden conducir a la muerte, como por ejemplo: "Caída, casamiento y catarro, llevan al viejo al otro barrio".

            Pero al final la muerte nos llega a todos, aunque no se sabe cuando: "La muerte es traidora, nunca dice el día y la hora". La mayoría de las muertes suceden tras larga enfermedad: "Dolencia larga, lleva la muerte en zaga". Pero al fin al cabo, según la sabiduría popular: "Nadie se muere hasta que Dios quiere", aunque a veces los humanos con su intervención alteran los designios divinos, pues: "Médico nuevo, en dos años echa la solería al cementerio".

            Cuando una persona está enferma, suele preocuparse mucho; por eso el refranero afirma simbólicamente: "El que le duele el dedo, se lo mira a cada credo". También suele transmitir la preocupación a sus allegados: "Dolor de diente, dolor de pariente".

            A las patologías leves el pueblo les quita importancia: "Enfermedad que no estorba para dormir ni para comer, poco médico ha menester".

            Para las enfermedades crónicas, de difícil curación, tiene el refranero sus sentencias, válganos ésta. "Mal que se hizo viejo, se suelta con el pellejo".

           Pero cuando hay enfermedad, es necesario acudir a buscar el remedio a través de los profesionales, a pesar de que: "Fácil es recetar, pero difícil curar". Claro que hay quien prefiere vivir con las molestias de la enfermedad antes que afrontar los riesgos del tratamiento, por eso opinan que "Viva la gallinica con su pepitica", quizás porque entienden que "Mas matan las recetas que las escopetas" o porque piensan que "Dios da la curación y el médico se lleva el doblón".

            Si se ha de confiar en los profesionales no es conveniente ir de uno a otro contrastando la opinión de todos, juntos o por separado, porque: "Un médico cura, dos dudan, tres muerte segura".

            En todo caso hay que buscar un profesional serio y preparado y no como: "El físico de Montalban, que tomaba el pulso en el calcañar" o como: "El hijo del doctor Galeno, que al que no estaba malo, lo ponía bueno".

            El enfermo ha de confiar en el médico, de ahí este refrán consejero: "Al médico, confesor y letrado, no le tengas engañado", pero el médico no debe ser charlatán y decirle a el enfermo: "no se preocupe, que eso en dos días está curado", porque ya lo dice el refranero: "Médico pronostiquero, médico embustero".

            En todo caso y, aunque se tenga confianza en el médico, hay que saber guardar las distancias, como nos advierte este suspicaz refrán: "Mal hace el enfermo que nombra por su heredero al médico", quizás para evitar malas tentaciones, porque, al fin y al cabo: "Lo que el médico yerra, lo tapa la tierra".

            Poco refranes se refieren a los enfermeros, pero tan claros como éste: "Enfermera con sueño, ¡Ay del enfermo!", lo que demuestra que lo que el pueblo espera de los enfermeros es diligencia, constancia y preocupación por el enfermo; que son las mejores virtudes de todo profesional de Enfermería.

 

            Por último, y fuera del tema de esta lección, abusando de su paciencia o de su indulgencia, quisiera dirigir unas breves frases de despedida a estos nuevos profesionales que abandonan hoy nuestro entorno académico:

            Al final de este acto, entonaremos el "Gaudeamos" o himno universitario, que comienza diciendo, en latín para disimular, "Alegremonos pues somos jóvenes,  después de esa alegre juventud llegará la molesta senectud que nos convertirá en polvo".

            Pues bien, a partir de este momento vais a comenzar la carrera, larga y lenta, pero inefable, hacia esa senectud que acabará en polvo, como, según la Santa Madre Iglesia, fue nuestro origen. Como los discípulos de Cristo, os repartiréis por la faz de la Tierra, aunque no para predicar la buena nueva. Unos iréis lejos, otros quedareis por estos alrededores. La mayoría en hospitales, otros Atención Primaria, siendo, quizás, el mas sabio quien acierte a buscar la placidez de la aldea. Puede que alguien se dedique a la noble tarea de la docencia creyendo, en vano, que estando entre jóvenes, nunca perderá la juventud. Algunos, ¡Dios no lo quiera! se desposarán con la política y puede que lleguen a diputados o a ministros.

            En todos los casos yo ruego a la diosa voluble y arbitraria que rige el destino de las personas, que vuelque sobre vosotros los dones de su favor… Pero por mucho que quiera protegeos nunca os dará tanto como habéis tenido. Puede que os lleve a lo que los cortos de vista llaman "la cumbre", pero nunca volverá a poneos tan altos como habéis estado… porque, aunque sigáis estudiando, que seguiréis; nunca, jamás, volveréis a ser estudiantes.

 

            ¡Que tengáis suerte!.

 

Muchas gracias

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